Lunes Cotidiano #17: Chinita, no te olvides de Clementina (pág. 4)

Juliana-la-chinita(Basado en hechos reales)

Una chinita. Una niñita.

Pequeñita y grande a la vez.

Reía, reía y se ahogaba entre risas y babas.

Contaba las baldosas mientras hacía pis,

se enredaba en su pelo sin forma.

Soñaba con ser espía,

Su madre le decía: —Eres un alíen, un alíen.

Y la chinita, la niñita.

Orgullosa le contaba a los otros:

—Soy un alíen, un engendro, un monstruo.

Contaba los pasos hasta su casa,

Inventaba historias increíbles,

Como esa, de un elefante que vivía en su casa

esto le hizo creer a sus amiguitas que era una mentirosa.

—La gran mentirosa. —le dijeron

La señalaron con un dedo, un gran dedo.

Ella no hacía caso, no entendía,

Que esas historias,

Esos cuentos,

Esas auto ficciones

Contadas en voz alta

como si viviera allí con sus personajes,

Entre sueños y fantasías

¡no existían!

en la vida real, de los otros.

Corría, nadaba y volaba,

Amiga imaginaria abordo:

Clementina como la mandarina.

Recorrían el mundo

y el sub mundo también.

Huían de la prisa

y se estremecían con la oscuridad.

Codo a codo,

caminaban juntas.

Sombra y luz.

Naranja y Castaña.

Gemelas de la locura.

Atravesando el pantano de la verdad.

La chinita reía, miraba a Clementina en el espejo.

Sonreían y volvían juntas a reinventar

historias que escuchaban en el viento,

Que los sueños y los muertos

les susurraban en las noches,

Las contaban alegres.

Las cantaban eufóricas.

Las gritaban con el aliento fresco.

A veces la chinita hablaba con Clementina,

Y la gente le decía: —¿niña loca por qué hablas sola?

La chinita se encogía de hombros y seguía hablando.

—Sola no, con Clementina.

Un día, la chinita y Clementina

¡Fueron raptadas!

A ese cuarto oscuro,

La monja militante,

La madre asustada por su alíen,

Una luz interrogante

muchas preguntas sin sentido,

caídas de toda comprensión,

la chinita abrumada y triste,

Clementina grita sin se escuchada.

Y por fin.

Una bruja salvadora,

La bruja de labios rojos,

Cabello largo y ondulado,

Pestañas que le llegaban a la cintura,

Sus manos aleteaban felices,

Le limpia las lágrimas a la chinita y le pasa una hoja.

Le dice como si las palabras se emitieran en un canto de sirena:

—No eres mentirosa, eres contadora de historias. Escribe. Cuéntame una historia.

La chinita, juguetona y tímida mira a Clementina.

Clementina se echa a reír, toma el lápiz,

Y se lo pone en la mano a la chinita.

Ambas empiezan a dibujar palabras,

a la velocidad de un relámpago.

Un cuento. Una historia, una auto ficción.

Un verso y todo lo demás.

Se hilaron en el universo de una melena con vida propia,

Unos ojos con pestañas que eternizan miradas y anhelos,

Una sonrisa que ilumina espacios enormes,

Las manos, las manos que a veces se enferman,

La mente y el corazón se conjugaron y conjuraron al sin oxigeno de la otra,

Para crear y ser creadas a cada paso.

La chinita y Clementina,

Clementina y Julianita,

veinte años después,

siguen mano a mano,

Dedo a dedo,

Sueño a sueño,

Corazón a corazón,

Mentira a mentira,

Pulso a pulso,

Verdad a verdad.

Su verdad.

De Ellas.

Magia amiga.

Amiga magia.

Escriben.

Juntas, escriben.

No pararán.

Posibles juntas.

***

Escrito una noche después de haber hecho un ritual para reconciliarme con la escritora, con la escritura, conmigo, con el pasado, con el futuro, para vivir el presente, con la Chinita, con la niñita, con Clementina. Escrito para recordar que cuando “algo” externo no me permita escribir, soy la única que tiene el poder para sobrepasarlo y volver a escribir. Mantra poético, para recordar la primera vez que la bruja y Clementina me invitaron a escribir y desde aquella vez, se convirtió en oxígeno para Juliana.

Nota: Hace parte del diario de mi primera novela: Pág 4

Ir a página 3 del diario

Ir a página 5 del diario

Por:

Juliana Ramírez Plazas

Escritora cotidiana

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

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4 comentarios en “Lunes Cotidiano #17: Chinita, no te olvides de Clementina (pág. 4)

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