Lunes cotidiano # 7: Rayuela y la paranoia en la eterna página 96

Fotografía de Luc Dupin

Fotografía de Luc Dupin

Ocho y cuarto a eme

Ahora mismo, la casa está envuelta de plástico, los obreros madrugan entre comillas a pintar el edificio, y yo siento que el plástico permea la casa de la realidad que hay afuera, la delimita para que no se pueda ver por las ventanas, es así como otro espacio imaginario se crea porque no se ven las calles, el aire no circula, la mole del almacén de venta de cosas para el hogar se ve como una mancha que de noche se siente como una aurora boreal y así el plástico aunque tiene otras implicaciones imaginativas como sentir que te observan del otro lado y no alcanzas a ver sus sombras para saber cómo moverte, así es como entras en tu propia paranoia, o pensar que con ése tipo de plástico asesinan a sus víctimas en las películas (aunque mi hermana dice que ese no es el tipo de plástico, porque en las películas usan uno que no hace tanto ruido). Luego la discusión recae, en que las ventanas están selladas, no las podemos abrir, tratamos de actuar y volvernos paranoicas, sin embargo, en casa no hay tanta angustia por el encierro en estos días, parece que ese estado de ánimo permanece natural.

Nueve cero uno a eme

Me siento en el brazo del sofá, desgonzo los brazos y escucho a mi hermana hablar, parece que hablara otro dialecto con los gatos y luego me dice algo que enseguida no comprendo: -Si dejan ese plástico toda la noche será terrible si llueve, no vamos a poder dormir.-

Al instante, me doy cuenta que no le prestaba atención a mi hermana, porque pensaba en las páginas atrasadas del libro que no leo hace siete años o más, (aunque me sé de memoria el capítulo siete de Rayuela), ese mismo libro que alguna vez cité en un almuerzo con L y que ella alude a que es el libro favorito de las lesbianas, en ese instante me pregunto si alguna vez habrá leído ese libro para decir semejante afirmación, no porque sea malo que sea el libro favorito de las lesbianas, sino porque en realidad es el libro favorito de la mayoría de personas que conozco, o más bien es el libro por selección unánime del universo, ni siquiera del mundo que conocemos como mundo, sino del universo que desconocemos como universo (puedo equivocarme porque no sabemos qué tipo de mundo conozco y qué tipo de universo desconozco). Así que pensé en volverlo a leer, claro, ya debo sabérmelo de memoria, si lo abro al azar como si ahí encontrara respuestas del día a día o por lo menos de los días que no se entienden. Algunas personas han afirmado que se trata de una biblia para mi, aunque no afirmo eso, pienso que es más bien una Moira, sobre todo para los y las que creemos que los libros nos encuentran, o que los libros nos hablan en el momento justo en el que se necesitaba leer esas palabras.

Nueve y ventidos a eme

En fin, el punto es que caí en cuenta que nunca lo leí de la forma en la que el libro dice que debería ser leído, siempre lo cogí como amante sin rumbo fijo, tal vez por temor a que el relato develara otro desamor en mi vida. Ahora lo agarro lento, aunque siempre hago trampa y veo la cantidad de páginas que contienen cada capítulo, no por pereza de leerlas, eso sería una hipocresía con el mismo libro, sino porque en estos días que habito siento que no hay tiempo y que ya no leí los libros que quería leer cuando tenía doce años, cuando la biblioteca del colegio me parecía tan minúscula, como una cucharita ratonera.

Nueve y treinta y cuatro a eme

Al rato, me da risa la preocupación de mi hermana por no poder dormir, llegado el caso de que lloviera y el plástico fuera tan ruidoso, eso acompañado de truenos y relámpagos, tanto que así que no se podría diferenciar un ruido del otro, y mi hermana no podría dormir. Aunque en mi caso, daría igual si llueve o no, en ambos escenarios, últimamente sufro de insomnio al cual se le atañen algunos culpables como lo es el maldito dolor de rodilla que me volvió a dejar en cama y la preocupación de una operación tardía, la pensadera regular de la memoria en enumerar los recuerdos fallidos, es decir, los recuerdos de algo que sucedió y que en la memoria prevalecen como mentiras y luego se inventan (más mentiras) los puntos suspensivos de lo que pudo haber sido mejor, y aunque queda como una película casera en ocho milímetros, el recuerdo insiste en permanecer en mi memoria con los hechos tal cual fueron o por lo menos tal cual los recuerdo.

También se puede culpar en menor o mayor grado a esa necesidad esquiva de cambiar las rutinas, inventarse nuevos espacios y nuevas formas para poder escribir y desconectarse de toda esa realidad que por ahora delimita el plástico que cubre mi casa, como si se tratara de comida en conserva que nadie debería comer. O por otro lado, eso que me dicen en cartas acerca del miedo al futuro o lo que viene después de este rato de escritura y en esas me acuerdo de M. July.

Este #LunesCotidiano continúa a las: Nueve y cuarenta y cinco a eme del 6 de abril.

  -No olvides compartir-

Por:

Juliana Ramírez Plazas

Escritora cotidiana

Este obra está bajo una licencia de Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional.

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