Lunes cotidiano #2: Remembranzas de un libro parte II

Fotografía tomada por J en un lugar llamado: El escondite del sol

Fotografía tomada por J en un lugar llamado: El escondite del sol

“No se preocupe por entender, vivir ultrapasa todo entendimiento”

A Clarice la descubrí a los 12 años, vagando por la biblioteca de un colegio pequeño en tierra cafetera. Siempre me quejaba con Lucy la bibliotecaria de cabello cenizo, a veces con un poco de aire a Sotang. Era la estudiante con más firmas en la biblioteca, siempre imaginaba que mi firma, la fecha y la hora iban a terminar leídos por una población  que vivía debajo de la biblioteca, quienes usaban abrigos peludos y cubrían sus ojos con lentes oscuros que a su vez tenían un mecanismo de lupa. Por medio de la letra, estos seres estudiarían las intenciones y emociones de las personas de arriba-los transeúntes de la lectura, y así podrían vislumbrar-deducir si el libro estaría en buenas manos-ojos. Esto se lo comunicarían a Lucy, a través de la cadena que le colgaba y sujetaba sus gafas a su cuello y que parecían estar conectados a sus oídos. Ahí llegarían murmullos codificados que le advertían acerca del libro, de las intenciones y hasta podrían deducir el estado de ánimo del posible lector, no sea que se tratara de un lector que perteneciera a la insensatez de los personajes de Fahrenheit 451, dado el caso que fuera así, estos seres mandarían –alertas visibles a la neuronas de Lucy, quien tomaría las medidas necesarias. Lucy como siempre miraba de reojo mientras llenaba las casillas del libro, alzó la cabeza y me miraba entre el lente y el marco de sus gafas, le sonrío mientras inundo de quejas a la pequeña biblioteca– ¿Por qué no hay libros escritos por mujeres? ¿dónde están? ¡dónde! — debo confesar que tenías esos arranques dramáticos que me distinguían cuando quería hacerme la graciosa con alguien y ya Lucy estaba acostumbrada en que en cualquier momento su pequeña habitante de biblioteca iba a llegar con un nuevo personaje. Que según mi memoria, yo decía que era pura investigación acerca de los personajes de mi nuevo cuento o guión (así que desde siempre, se podrán imaginar que nunca fui Juliana a secas).

En medio de esas preguntas, Lucy no se inmutaba, seguía llenando el libro, como si se tratara de un diario que rayaba con su magnifica letra cursiva y jeroglífica, claro estaba codificada para que sólo la entendieran esos seres. Mientras la observaba, me daba cuenta que la biblioteca ya me había quedado pequeña, ya en una serie de tv había visto a un personaje que hablaba de la cantidad inimaginable que tenía la biblioteca de Harvard, así que al saber la cantidad de libros que tenía la biblioteca del colegio, resigné en hacer pataleta literaria y empezar algún tipo de tráfico de libros, trueques y escribir los propios, algo había que hacer. Ya había completado hasta la lectura de magazine de los ochentas sobre costura o algo así, que en ese momento tal vez no le veía ningún sentido, salvo que era como Matilda y leía todo lo que se me pasaba por delante.

Lucy arrastra hacia mí el enorme libro para firmar, el libro que me llevaba, lo sacaba por cuarta vez y tanto ella como los seres subterráneos sabían que no lo iba a leer sino que lo usaba para esconder otro libro misterioso que era mejor que a mis doce años, en una ciudad tan pequeña nadie se enterara lo que leía. Como si el mundo no se abriera por cada página leída y cada línea imaginada.

Los seres murmuraron a gritos al oído de Lucy — ¡Es una buena causa! Ese libro nadie lo leería en este colegio– Mientras yo observaba la duda en sus pupilas. Lucy asintió y me dejó llevar el libro que jamás leí, acto seguido me respondió– Si hay libros de autoras, debes fijarte mejor, ¿no eres una detective y no sé que más cosas?— Aunque ya había pasado mi etapa de Sherlock, Harriet y el fantasma escritor, dudaba de que se me hubieran pasado los nombres de autoras, a sabiendas que estaba buscando cómplices de escritura que no fueran varones.– Ya me he leído toda la biblioteca– Su mirada incisiva me dice que en realidad, tal vez no me creía que la hubiese leído toda, porque habían secciones demasiado aburridas, así que agregué– No hay muchos…–

Lucy exhala y abre un cajón pesado y metálico, las ruedas oxidadas suenan en un eco por los pasillos de la biblioteca, eso era prueba de los pocos libros que habían. Me empino para ver lo que busca en el cajón y alcanzo a ver una cajetilla de cigarrillos Mustang, una cartera de cuero negro ajada por el tiempo y el trajín urbano y un libro que con solo ver la portada sentí mariposas en la panza, tal vez por hambre ya que por ir a buscar mi libro diario, no había ido a la tienda a comer. Leí la portada sin emitir sonido alguno, mis labios se movían — Cla-ri-ce –Luego leí su apellido en voz alta– Lispector — Lo amé enseguida, me sonaba a espía de cotidianidades– Antes de que Lucy pronunciara algo, cambié de opinión y dejé el libro jamás leído y me llevaría a Clarice, como el primer préstamo de la colección de Lucy, libro que la acompañaba en los trayectos de bus entre el colegio y el hospital donde visitaba a su madre y en las salas de espera para no causar deslices entre las páginas de revistas, y sobre todo la acompañaban en las horas largas en las que nadie entraba a la biblioteca.

Lucy no me hizo firmar nada y ese era el momento en el que debía hacerme firmar alguna clausula de seguimiento en el que los seres pudieran perseguirme, porque era un libro personal, no era un libro de la pequeña biblioteca, sin embargo, me lo confío. Le di las gracias sin decírselas con palabras, ya mi rostro lo decía todo y los seres respiraban tranquilos y por ende Lucy podía disponer su mirada a otros asuntos.

Salí de allí e inmediatamente busqué un refugio en el fin del mundo del colegio, corrí porque ya faltaba poco para que sonara la campana. El fin del mundo era un árbol que colindaba con el límite del terreno del colegio, lo bautizamos así porque allí las ramas nos escondían de los demás, muchos primeros besos quedaron secretos guardados en ése lugar, como todas las páginas de libros que nunca confiábamos decirle a cualquiera. Era perfecto, me senté, el árbol me abrazó la espalda con sus ramas y la corteza suspiro por mi compañía, él también era un árbol lector, y se quedaba con las frases y las risas en voz alta, también con las lágrimas que nos hacían vagar por los pensamientos de esos personajes que anhelábamos conocer. Me acomodé, no sé si suspiré o exhalé, lo abrí y leí un fragmento al azar que se me impregnó por siempre en mi memoria:

Imagen1

En ése entonces había descubierto que Clarice me evocaba a Clem y hoy que me la reencuentro, descubro que hay algo que como escritora me identifica como a ella, su manera de describir la cotidianidad y la intimidad de una crónica que se vuelve autoficción. Habría sido fantástico que Clarice me leyera hoy, como la leo hoy a ella, y pudiera re descubrir su escritura en mi escritura coo yo lo hago hoy en su escritura.

Así que hoy (inicios de año) por los seres subterráneos, por la lectura voraz de aquella época, el lunar blanco de Sotang en el cabello de Lucy, la pequeña Clem y J, celebro que mi memoria recuerde el día en que descubrí a mis primeras cómplices de la escritura.

(LEE PARTE I)

-No olvides compartir-

Por:

Juliana Ramírez Plazas

Escritora cotidiana

Licencia de Creative Commons

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