SEIS DE ALGO: Ema y J en aprietos de año nuevo

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(Mi premonición para el 2017)

I

En la habitación Ema duerme, parece que sueña, aunque es imposible saberlo, la miro desde el otro lado de la cama, le toco la punta de la nariz y su despertar ni se asoma. Agitada me volteo y quedo boca arriba con la respiración entrecortada, veo como el atrapa-sueños dibuja su sombra y ésta a su vez parece despegarse, arrancarse del objeto que la contiene, las plumas revolotean hacia el lado contrario tratando que la sombra no se descosa. Las semillas que cuelgan de la red, se chocan entre ellas, como si estuvieran intranquilas, disgustadas, con ese deseo fuerte de desarmarse y no querer encontrar sus piezas.

II

Me despierto, me giro y Ema, no está, trago saliva, bebo del vaso de agua de su mesa de noche y vuelvo a mi lado de la cama. Me corro un centímetro y medio hasta el centro de la cama y percibo que no está fría, froto su lado y pienso— Tranquila, Ema todavía está acá. —En ese momento, ella entra a la habitación con el teléfono en la mano, camina en medio de pausas mientras se quita las medias y el camisón, deja el teléfono al lado del vaso del que había bebido, justo cuando el calor de su pie recorre la superficie de la cama y llega a mi abdomen, un reflejo juguetón hace que me esconda debajo de la sábana, me doy la vuelta y su cuerpo se imanta  con el mío y me abraza por la espalda, está a punto de susurrarme besos, me quedo en silencio un momento, mientras sus labios fríos se calientan con mi piel.

J: Volví a soñar que no despertabas.

Los susurros de besos se detienen, aunque sus labios se quedan en mute sobre mi quijada.

J: Y luego desperté y pensé que te habías ido, luego toqué la cama y no estaba fría.

Ema en medio de un beso— Estoy aquí.

J: ¿Por qué soñaré que no despiertas?

Ema aleja su cuerpo de mi espalda— No sé, amor, no sé.

J: También sentí como un soplo, ¿te acuerdas que eso a veces me da?

Me giro en me dio una idea clave que resolvería el asunto. — ¡Ah! Ya sé. No eres tú la que no despierta, soy yo.

Al girarme, Ema, se ha levantado, se pone el camisón de nuevo.

E: Amaneciste tonta. —Se pone las medias y agrega— Tu madre llamó y va a llegar más temprano. —Ema recoge su cabello y mientras lo hace, grito contra la almohada, miro a Ema, que está saliendo de la habitación.

Con el pelo sobre mi cara— ¿Qué más dijo?

E: Nada, sólo eso. Levántate.

J: Vuelve a la cama, ¿Si?

Sale de la habitación.

J: ¿Por qué siempre hará eso?

III

En el comedor, hay una especie de buffet, imaginen un ángulo cenital o una vista por encima de la mesa: los platos están sistemáticamente organizados por tamaños, los grandes debajo de los pequeños, pareciera que forman un vehículo que lleva frutas que a su vez entre el verdor de las peras cortadas como orejas y las uvas verdes cortadas por el corazón, hacen una espiral que combina perfectamente con el color del plato vino tinto, observo cómo Ema, dispone ése pequeño set para el reencuentro con mi madre. En el centro hay un plato verde oliva, más grande que los demás, está vacío, ahí posiblemente irá un delicioso pavo tajado.

Ema me mira por el rabillo del ojo— ¿Ya estás lista?

Aunque su tono de regaño no me gusta— No, no estoy lista, estoy ansiosa y no quiero ponerme este saco. ¿No dijo por qué venía más temprano?

E: Pues quítatelo… ¿no?

Ema me deja de mirar, mientras le toma una foto a la mesa.

J: No… no sé…

Ema en voz baja— Yo debería estar ansiosa, no tú. Y tú deberías hacer algo al respecto.

J: Al respecto, ¿de qué?

Me intento quitar el saco, mientras me habla, la lana se me enreda en un arete.

E: De mi disimulada ansiedad.

J: ¡Coño! Ya van a llegar, tengo que quitarme esto… —Los codos sobre mi cabeza entrelazan las mangas y quedo como un candado de lana verdosa y navideña, regalo maternal que no debí ponerme.

J: ¡Ayúdame a quitármelo!

Ema me mira, la veo entre los pequeños agujeros de la lana.

J: ¿Estás obturando? ¿A mí?

En medio de una asfixia de motas y un estornudo— ¡Es un momento muy crítico, puedo morir ahogada o de un colapso nervioso! ¿No ves?

E: Hoy estás muy tonta con ese tema. Además, ya estamos acostumbradas a los silencios de tu mamá.

J: Deja la cámara y sácame de aquí… ¿amor?

No veo a Ema por los huecos, me quedo quieta buscándola entre las hebras. — ¿Amor? —De pronto suena el timbre. Ema corre hacia la puerta, se mira en un espejo, Ulises la corretea, ella le hace una seña con la mano para que se quede sentado, él obedece, no como yo que sigo quejándome.

J: Claro, no te importa que me arranque la oreja y termine en urgencias.

Ema se devuelve, hala las mangas y me ayuda a quitar el monstruoso saco. Lo lanza en el sofá.

No me mira y no me mira.

En medio de una sonrisa que ella evita, le digo— Gracias.

IV

Ema me mira mal humorada. Ulises se le acerca y le chilla, ella lo mira, el timbre vuelve a sonar. El silencio de su mirada, el temblor de su quijada y la siguiente acción, me hacen pensar que he metido la pata hasta el fondo.

(ustedes repiten en sus cabezas— Estás muy tonta, J, estás muy tonta esta noche).

Ema coge la correa del perro y sin decirme nada, se dirige hacia la entrada, el timbre vuelve a resonar, tanto que me entra como un escalofrío.

Ema abre la puerta, saluda de beso a mi madre que trae unos paquetes. Ema se traga su mal genio o por lo menos lo disimula muy bien— ¡Hola! ¡Bienvenidas! —Hace una pausa como si se le olvidara algo, se le atraviesa un fragmento del recuerdo de su mal genio, mi madre la mira de arriba abajo, como suele hacer, tiene esa expresión de: ¡Despierta ya! —mira los paquetes como diciendo: A ver coge unito. Mi hermana observa a su madre y en medio de una exhalación agarra un paquete y se adelanta un paso (¿Qué haría yo sin mi hermana?)

Sara, le da un beso en la mejilla a Ema. — Hola Ema, ¿cómo vas?

Bien, Sarita, bien… —Se le nota un desdén que se presiente en todo el pasillo, Sara la mira pero no se detiene en interrogantes con testigos como mi madre.

Ema dibuja una sonrisa tenue en su rostro, como si pudiera apagarla voluntariamente, me mira por el borde de la puerta. — Sigan, sigan están en su casa. —Me rebota otra mirada y me apresuro a ponerme otro saco.

Mi madre, la matriarca, la jefa, doña Marcia, la saluda de beso en la mejilla y entra apresurada a dejar los paquetes en el sofá. — Mijita, ya me estaba cogiendo un frío ahí afuera.

Ema le dice en voz baja a mi hermana— Sarita voy a sacar al perro, tu hermana está muy tonta hoy, no me la aguanto… —Se dirige a Marcia. —Marcia, estás en tu casa, ya regreso.

Mi hermana me rebota otra mirada, son de esas miradas que se cruzan con los otros ojos, pero estos no captan la indirecta y se reflejan o rebotan como una respuesta sin contenido.

V

Desde el otro lado, estoy poniéndome otro saco, uno más gris, abierto, de botones diminutos que no logro casar. La mirada uno la siento pasar como un boomerang y la mirada de Sara es más incomprensible, se siente como cuando de pequeñas ella intentaba decirme entre muchas personas a nuestro alrededor— “No digas eso, eso no… ¡y eso tampoco! Gracias J, acabas de arruinar mi último día de pre adolescencia.” Mientras intento atrapar el ojal, Ema se está yendo, corro hacia la puerta, el saludo se los dejo en el aire, como si me fuera de viaje, me voy detrás de Ema.

Marcia con el saludo en la boca, elegante se sienta, con la espalda recta y observadora como un águila vislumbra desde lo alto cada detalle de las esquinas que conforman nuestro apartamento, cada hebra fuera de su lugar, cada fotografía de Ema conmigo, sin pose, solo nosotras en medio de un frame de esa vida juntas, que Marcia opta por ver de lejos, hasta esa tarde.

VI

Marcia, había despertado con un soplo en el corazón, pero no de esos que le atañen su salud sino de esos que le dicen a las madres que algo va a suceder, una premonición que sale de todos los esquemas normales de un día cotidiano en la peluquería y la maratón de “Al caer la noche” en discovery, eso como ritual antes de fin de año. Marcia, como buena ilustradora de enigmas y dramas, como buena conocedora de sospechosas llamadas muy cordiales de parte de su hija. Asume, que su primogénita ha decidido posponer la cena, posponer equivale a cancelarla o excusarse de alguna manera poco creíble. Razón por la cual yo asumo que por eso doña Marcia decidió llegar más temprano y cogernos con el tiempo justo, el tiempo entre los dedos y las dudas en medio de la ansiedad matutina del soplo de mis sueños. Ambas presintiendo y ninguna le pregunta a la otra.

VII

Sara intenta chismosear por la puerta entreabierta, pero yo la cierro. —Sarita, mija, mire a ver qué les pasaría. —Mi madre, quita una mota del pantalón.

No mamá, si su primogénita me cerró la puerta en la cara. —Ambas se miran— ¿A qué hora es que nos recoge su tío?

Marcia mira alrededor, estirando el cuello y alzando las cejas— En un par de horas —Se fija en su reloj de pulso, arruga los ojos— Menos mal vinimos más temprano. –Saca los paquetes de la bolsa y los acomoda en el sofá. —Ya está más bonito el apartamento, ¿no?

Sara mientras camina hacia una silla, Leonela le camina entre las piernas— Ma, está igualito, como usted no viene seguido, no se acuerda. —Se agacha y le acaricia la cabeza a la gata. —Hola Leo… qué popocha estás…

M: ¿Cómo se llama?

S: Leonela…

M: Ya… como grande… —Se vuelve a fijar en su reloj.

Leonela se asoma a la puerta entre cerrada y Sara se sienta, descuelga los brazos en la silla, mientras revisa su celular.

VIII

Afuera, del otro lado de la puerta, me hago muy cerquita, nariz con nariz, rozando la punta de la suya, acorralando su disgusto y valiéndome de mi sonrisa. Mientras ella se acomoda el listón de su pelo— Ulises se va a orinar sino lo saco. —A lo cual respondo adelantándome con un centímetro de paso, es decir, apoyar la punta del pie para acercarme más a ella y quedar un poco más alta. ¿Más alta? Como si eso me diera algún tipo de ventaja.

Em, amor, si te vas molesta, cualquier cosa nos puede pasar y mejor no estar disgustadas así yo sea una tonta. —Sonrío y ella baja la cabeza. En realidad está muy molesta, porque no me mira a los ojos y aprieta la correa del perro.

De la nada, me siguen saliendo tontadas, como si no pudiera controlar mi humor melodramático. — Te vas así, sin un besito, sin abrazarme, entonces mejor me voy contigo… para que no nos pase nada, ni afuera, ni adentro…

Ella me mira, sé que va a sonreír pero su mal carácter se adelanta. — Voy a sacar al perro, no me voy a ir de tu vida. — Me vuelve a mirar, siento que me lo dice con una voz dulce que hiela la piel, me da un temblor en la voz y siento que mis ojos se lagrimean. —Voy contigo… ¿Si? —Me mira sin responder.

Ema mira  a Ulises y con esa voz ronca que me encanta. — Se va a orinar, no quiero tener que limpiar como una loca para que el vecino no se dé cuenta, no quiero pelear ni con él, ni contigo. ¿Vale?

Aunque alza la mirada, está viendo un punto fijo que atraviesa mi sien, me hago a un lado, baja el primer escalón y se me sale— ¿Y mi beso? —Baja el segundo escalón, el perro ladra, Ema sigue bajando en medio de un shhhh para callar a Ulises. — Alzo la voz— ¿Sabías que las estadísticas dicen que es más fácil morir bajando y subiendo escaleras que lanzándose de un paracaídas?

Ema agarra a Ulises del collar y lo engancha a la correa, me mira, mientras él la jalonea, ambos están ansiosos, ¡histéricos! el uno por ir a marcar territorio en la esquina donde se encuentra con la perra vecina y la otra porque amanecimos en el lugar equivocado de la cama, o por lo menos yo.

Ema me responde mientras estira la correa— Esas estadísticas se refieren a las escaleras verticales de metal. —Con un gesto esquivo, abre la puerta. — Estás muy tonta hoy. —Sale y el portazo lo siento en el rostro.

Me quedo con las tontadas revoloteando en la boca, no sé en qué momento se me ocurre hablar de todas las posibilidades de muerte doméstica que puede ocurrir en milésimas de segundos mientras se establece una conversación que inicia con unos susurros de besos  y los cuales remato con tonterías de mis sueños.

IX

Los dedos de Marcia recorren un escritorio, el desorden de unas fotografías en blanco y negro en las cuales unas mujeres se están quitando la prenda de vestir que cubre sus torsos desnudos, ella ojea, sus ojos intrigados pasan por cada fotografía y por la lectura de una nota: “Desarmar el cuerpo” acto seguido, escudriña otras fotografías desordenadas que están debajo de una máquina remington del año 1969, allí sus pupilas se dilatan, sus labios se arrugan en un gesto de misterio, por su mente suceden unas imágenes y canciones infantiles, canciones como de una cajita de música que Marcia solía escuchar mientras su madre tejía medias para todos sus hermanos, lo que más recuerda es que de la cajita de música giraba una pequeña bailarina que con el tiempo había perdido el torso y aún sus pies seguían girando, eso había entristecido profundamente a la pequeña Marcia.

Del otro lado de la sala, un ruido interrumpe el recuerdo de mi madre, Leonela y Sara dejan caer un cofre, mientras Marcia revisa de nuevo las fotografías misteriosas, Leonela asustada con las pupilas dilatadas ha desaparecido hacia el fondo del pasillo y Sara recoge apresurada el cofre.

Marcia, sin anestesia. — Su hermana, va a tener un bebé.

Un silencio que se rompe con la voz grave de Sara. — ¿Qué? —Deja el cofre deshabitado de las fotografías de su interior, ahí botado como cualquier traste. Se acerca a su madre y ella le muestra las fotografías misteriosas, Sara las coge, sorprendida, no se imagina porqué no le conté sobre estos planes.

X

De pie, en el borde del primer escalón en el que Ema, había optado ignorarme, divago mientras veo como la puerta principal de la casa no se vuelve a abrir. Ya no es una mirada la que rebota, es un pensamiento que ahora no carece de contenido, es de ése tipo de pensamientos que te alertan y las neuronas se conectan con las emociones.

— ¿Mejor me voy con ella…?

—Tal vez el concepto de la muerte esté ligado más bien a la ausencia del otro y al egoísmo de quedarse vivo: solo. Y todos esos comentarios solo ahondan en recordarle a Ema, que ese momento es inevitable, es herirla con los miedos que la atormentan cuando se va a dormir:

“¿Y si no volvemos a despertar? ¿Y si no nos damos cuenta?”

Trago saliva.

XI

En ese momento, desde adentro, Marcia en un eco que atraviesa en un coro la voz de Sara, me sacan de mi reflexión, entro a ver qué sucede con mis invitadas.

Aunque mi mente, aún divaga, me doy cuenta que ese soplo de la mañana tenía un poco de sentido, pero afuera trato de disimular— Hola mamá.

Marcia inquieta. — ¿Qué pasó hija?

Sara recoge el cofre y lo pone en su lugar.

J: Nada mamá, discutimos por pendejadas. ¿Cómo han estado?

Marcia está sentada en una posición en la que parece que tiene un cetro en la mano. — ¿Es por el bebé?

En un shock innecesario. — ¿Qué? ¿Cuál bebé?

M: Sí. Tranquila hija, me parece bien. Ya iba siendo hora de estrenar nieto y si ya hay milagros científicos para que dos mujeres… ya saben… ¿Por qué no?

Sara, se acerca, se sienta en el sillón y me mira como desconfiando de mi silencio, su mirada vuelve a rebotar: “¿Por qué no me contó?”

M: Por eso se fue malhumorada… mija son los cambios de humor por las hormonas…

A Sara también se le sale su mal carácter sin anestesia, cómo cobrando la mala jugada de su hermana mayor. — Mamá todavía no sabemos si ya hicieron la vuelta… ¿y quién la va a hacer?

M: Yo he visto a Ema como desconcentrada… y más subidita de peso… creo que no le va a quedar lo que le traje de regalo…

Me dejo caer de golpe en el sofá y me entierro en la ingle uno de los paquetes. — No, no, no, ¿de qué hablan?

S: Ema está embarazada.

J: ¿No crees que yo lo sabría?

S: Entonces, ¿no? ¿Y qué son todas esas fotografías de ecografías?

J: ¿Qué? Ay me va a dar algo… esto no es como que una embaraza a la pareja y no se da cuenta… ¿entienden?

S: Si, pues se supone que debe coincidir con que hacen una transacción o algo así… no sé…

J: ¿Transacción?

Sara maliciosa. — O tal vez… tú sabes… cómo también le gustan los…

Marcia la interrumpe desconcertada. — ¿Qué quieres decir?

J: No, madre no quiere decir nada. Yo sabría si eso es cierto.

En ese momento suena el celular- Contesto apresurada, es Ema que suena un tanto angustiada, me pide que le lleve bolsas para recoger el popó de Ulises.

Al colgar, interrumpo un posible interrogatorio. —Ya regreso. —Salgo corriendo, con otro tipo de soplo, no sólo son las bolsas.

XII

Ema camina en círculos, mira su celular y Ulises la rodea, la jalonea hacia un árbol. Ema se deja llevar, Ulises hace sus necesidades, Ema lo ve esforzarse, él la mira con su cara de perro manso, ella revisa su bolsillo y se da cuenta que no tiene bolsas para recoger el popo. Mira de nuevo el celular.

En ese momento pasa la perra vecina, Ulises la jalonea hacia el otro lado, la correa se desliza de la muñeca y el celular cae al suelo.

Ema no va tras el perro que mueve su cola, juguetón, como loco le huele el rabo a la perra vecina. Ella, la vecina peluda de orejas largas y rubia, le lame el hocico al perro manso y él le sonríe, da pequeños saltos para hacer correr a su vecina.

Ema en medio de su mal genio, el temblor de su mano y sus ojos cristalinos observa cómo corren, uno tras el otro, a veces torpes en los giros cuando la vecina se le adelanta y decide cambiar su rumbo y el perro manso con la lengua hasta las rodillas se va de largo y frena para girar y poder seguirle el paso a su vecina, la rubia de orejas largas.

El vecino, el dueño de la rubia, silba a lo lejos, la rubia se detiene aunque Ulises sigue jugueteando a su alrededor. La rubia sale corriendo hacia su dueño y Ulises emprende un pequeño salto mortal para seguirla e ir a su paso. El vecino engancha a la rubia de la correa, acaricia a Ulises de la cabeza que los sigue, acto seguido el vecino lanza un saludo al aire a Ema, quien está al celular, nerviosa, hablándome de lo que le acaba de ocurrir a Ulises con la vecina, Ema se siente angustiada. — Ahora Ulises vuelve triste, ves, porque la perra se fue y no tienen opción de irse juntos… ¿ves porque eres tan tonta? —Ema, con el celular en una mano, y con la otra mano coge a Ulises del collar y lo abraza para consolarlo. —Ven por nosotros, trae bolsitas, ¿Si?

XIII

No es el soplo, no es la pendejada que nos aqueja en medio de todas las relaciones, los miedos que inundan las cotidianidades y las rutinas, no es el shock del posible bebé del que las participantes ni se enteran. No son los sueños que tergiversan las mañanas. No es Ulises que jadea triste por la vecina. No es el miedo de Ema a que las personas dormidas caigan en un sueño profundo como lo hizo su madre. No son las palabras que no concretan nada. No es la broma del miedo a ahogarse mientras me quito el saco. No es la obsesión de Ema por capturarlo todo con sus pequeños diafragmas.

¿Qué es?

¿Qué es esto que nos ahoga y nos hace respirar?

No es el miedo, es el milagro de estar sintiendo esa dualidad constante. ¿No?

Tal vez, si no sobre pensáramos las cosas, Ema no habría salido de mal humor y no se habría angustiado por todo lo dicho antes de salir de casa y yo no habría tropezado por las escaleras y habría podido recogerla.

Sin poder moverme, en vez de pedir ayuda a Marcia y Sara, le envió un mensaje de texto a Ema: “Amor, ocurrió un accidente, regresa”

 

XIV

Marcia se acomoda en el sillón. — Sara, huele a quemado, ¿no? —  Sara sumergida en una conversación en el chat, no le presta atención. Marcia le lanza un cojín y Sara sale del trance. Sara se endereza. — ¿Mamá, qué pasó?

M: Vaya mire que se está quemando algo en la cocina.

Sara sin dejar de mirar la pantalla de su celular, camina hacia la cocina.

Marcia grita. — ¿Si?

Sara entre dientes. — Si, se quemó. —Escribe en el chat: “Por lo visto acá tampoco vamos a cenar. Nos vemos más tarde, bye.”

XV

Estoy contra el muro, ya no es un soplo, ahora es un dolor absurdo en la rodilla, Ema entra corriendo, Ulises mueve la cola y me lame la cara. Ema al verme en el suelo. —¿Qué pasó?

Le respondo entre sonrisas que se desdibujan— Son un peligro esas escaleras, te dije… —Cambia mi tono y Ema intenta reírse, se agacha para revisarme, me toca. — ¿Te duele? Entre un lloriqueo valiente. — Me duele, me duele. —Me quejo, me quejo.

Por el rostro de Ema se marcan unas lágrimas que intenta ocultar, yo las veo porque siempre miro como cambian sus gestos, la cojo de la mano, le beso los nudillos. — Soy una tonta, una tonta, amor, una tonta…

Ema entre lágrimas y risas cortas. — Si, eres una tonta, no hagas más esos chistes estúpidos de morirte, de morirnos, ¿y por qué te caes por las escaleras? Eres muy tonta, ¿cómo te caes? — Baja la mirada. — No quisiera estar sin ti…

Siento una ternura que me colma el pecho de felicidad, y me lanzo a abrazarla y darle besos para que las lágrimas no caigan por mi culpa. Ulises ladra, Marcia y Sara se asoman por la puerta.

Marcia baja corriendo las escaleras. — ¿Qué les pasó? Llamemos una ambulancia.

Madre, no es para tanto. —Le sonrío.

Marcia, mira hacia arriba de las escaleras, Sara en su celular. — Mija, ayúdeme, que Ema en ese estado no puede.

Ema la mira sin entender. Yo le sonrío como si mi rebote de sonrisa explicara todo los envideamientos de Marcia. Sara y mi madre me ayudan a subir, evitando que Ema hiciera cualquier tipo de esfuerzo.

XVI

Los paquetes en el suelo, Ulises oliendo cada esquina del empaque de cada regalo. Leonela, encima de un sillón, hipnotizada como Ema con una crema caliente frota mi rodilla. Eso es el amor, piensa Leonela, restregarse en el otro como cuando ella nos camina entre las piernas para obtener algo que quiere.

Sara entre chiste y seriedad disimulada. — Eres bien tonta, ¿cómo te caes?

Marcia en defensa de su primogénita que le va a traer su primer nieto. — Es un accidente, bendito dios que no pasó a mayores y Ema estaba ahí para socorrerla. —Ema me mira y me pone una venda, sonríe con una sonrisa nueva, de vez primera, de esas cuando sucede algo o escuchas algo que no pensabas que ibas a escuchar, esa tarde/noche, Ema no esperaba recibir un elogio de parte de doña Marcia.

S: Menos mal, estabas ahí Em, para “socorrer” a esta tonta.

Me quejo entre un leve dolor punzante. — Ya está bien con lo de tonta.

Sara se ríe. — Para rematar, les informo que el pavo es pura ceniza y tengo hambre.

Marcia, levanta uno de los paquetes e interrumpe la posible pelea de las hermanas. — Ya que estamos reunidas, voy a entregar los regalos de la navidad, pero antes deben prometer que no volverán a faltar, sin excusas. —Mira a la madre de sus nietos. — Ema eres bienvenida en casa. —Ema me aprieta la rodilla vendada, no me quejo, porque sé que Ema había querido escuchar algo parecido de parte de mi madre, esos momentos son los pequeños triunfos cotidianos que enriquecen relaciones como las de nosotras. Así que cómo arruinarlo.

Ema sonriendo. — Gracias, Marcia.

Sara impaciente, se levanta y trae de la mesa, una plato de frutas, come y ofrece. Marcia mira de reojo a Sara, como lo suele hacer cuando se disgusta, otro rebote de mirada que contiene un mensaje directo, sobre todo para sus hijas. Sara se traga entera la uva. Ema este es para ti… —Ema lo recibe. — Y ya en esta semana que regresen podemos ir a cambiarlos por unos más grandes y cómodos.  —Le coge la panza, Ema se mira y le dice. — Es mi talla, tienes un ojo preciso.

Me río porque ya no tengo remedio. — Madre, Ema no está embarazada.

Ema dudando— ¿Embarazada? —Me mira y yo me acomodo en el sofá y le cojo la mano.

Marcia sorprendida y avergonzada. — ¿No? pero entonces encarguen pronto… a dónde sea… yo ya quiero un nieto. —Mira a Sara. — Y esta que lo puede hacer con la tradición no se gana un buen partido…

Las cuatro, y también incluido el perro manso, terminamos riendo. Marcia coge una uva, la levanta como si fuera una copa. — ¡Feliz año familia! —Le aprieta la mano a Ema y todas cogemos una uva y brindamos en coro. — ¡Feliz año!

 

Dedicado a ti, que llegas el otro año, entre sueños y la vida real.

Si han llegado aquí, tal vez necesiten leer o recordar:

SEIS DE ALGO: Ema en el fin de mi mundo.

SEIS DE ALGO: M de ¿miedo o milagro?

SEIS DE ALGO: Rincones de Ema

Por:

Juliana Ramírez Plazas

A veces Jules Anyways

Siempre @ClemSinOxigeno

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