OCHO DE ALGO: Confesiones de Mercado

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(Esto suena de fondo: click)

I

En la entrada del supermercado, mientras decido entre algo tan básico y a la vez banal—¿Un carrito de compras o encartar a JuanCa? —Él se acerca y me mira— ¿Por qué no entra? —Salgo del trance, y le sonrío, e imagino que lo encarto con todos los paquetes mientras le escondo los cigarrillos. Él se queda ahí, de pie, esperando que yo reaccione, se tambalea hacia adelante y hacia atrás apoyándose en los talones y con las manos detrás de la cintura, como cuando éramos chiquitos y se aburría porque no nos dejaban ver películas de adultos y finalmente las veíamos a escondidas desde las escaleras en forma de caracol.

J.C: ¿Entramos o qué?

Lo dejo de mirar, me decido por el carrito, me dejo llevar por el objeto metálico que cuando niña solía jugar a hacer carreritas y dejar deslizar los pies por los pasillos que parecen espejos. Miro hacia atrás, él se ha quedado revisando sus bolsillos— ¡Camine a ver!

J.C: ¿Y mis cigarrillos?

II

Entramos, y lo primero que hace J.C es esquivar a una señora de bastón y un niño con una paleta, para adelantarse una fila y coger una cajetilla de Marlboro rojo, se acerca y mientras le da un par de golpecitos a la cajetilla, lo miro de reojo— ¿No se lo va a fumar acá adentro? Me mira desde esa altura de casi dos metros, me saca la lengua y lanza la cajetilla dentro del carrito. Me empuja en tono juguetón y eso me recuerda, aquélla vez en la que empujamos el coche de mi hermana por las escaleras. De aquel evento quedaron algunas fotos de culpabilidad y un regaño fugaz. (Tranquilos, el coche estaba lleno de evidencia de algún juego de detectives).   30852953-ilustracion-de-la-fruta-de-la-pera--dibujado-a-mano-de-la-vendimia

III

 Me descuelgo en el manubrio del carrito— No sé que tengo que comprar.

J.C: ¿A qué vinimos?

J: ¿Hambre?

Empujo el carrito, mientras veo como sus crespos se mueven, se rasca la barba y sigue el ritmo de una batería que está escondida en su mente. Caminamos, rodamos y me detengo sin mirar ningún producto. Escucho su voz, lejana, como cuando nos poníamos cajas en la cabeza e inventábamos que éramos robots intentando salvar a algún peluche indefenso.

J.C: Tiene cara de inlover, otra vez.

Lo miro, aún tiene la caja-robot en la cabeza, parpadeo más rápido y la caja-robot desaparece.

J: Inlover? ¿Y usted desde cuándo habla así?

J.C: Todo mundo se enamora y se va de cabeza con esa cosa, pero usted, usted es muy inlover.

Arrugo la nariz y lo ignoro y leo las instrucciones de un detergente que ni necesito.

J.C: ¿De quién? Cuente a ver…

Dejo el detergente, intento andar, la rueda del carrito se traba y me salva de algo que ni entiendo. Fuerzo el carrito, J.C coge el detergente y lo mete en el carrito.

J: No necesito detergente.

J.C: ¿Para qué lo cogía?

Saco el detergente y lo dejo en el puesto incorrecto y le digo.— Lectura para la tarde.

IV

Le doy un golpecito a la rueda, está vuelve a engranarse y seguimos caminando, me quedo levitando en mi mente, bien tranquilita pensando, sin musitar palabra— ¿Cómo sabe que me gustas? Si aún no he pronunciado tu nombre. ¿Cómo sabe que ciertas frases las leí de otra forma en un chat? ¿Cómo sabe que niego rotundamente esas frases? Y que repito, susurrándole a la almohada: “son casuales, son casuales…” Es como un conjuro, para que cada vez que te me aparezcas con tu paso lento y voz ronca en mis tenues recuerdos, desaparezcas y así dejar el envideamiento prematuro. ¿Cómo sabe que ése cuento lo escribí primero con tu nombre y luego reemplacé 132 veces por el del personaje? ¿Cómo sabe, si me lo he guardado para mí?

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V

Entre risas que él no entiende (siempre piensa estoy nerviosa y la risa es una forma de eludir las respuestas).

J: Usted, ¿no va a comprar nada?

J.C: Sólo necesito cigarrillos.

Seguimos andando, ya con el peso de los cuestionamientos que él ni siquiera me hace, empiezo una especie de monólogo interno, mientras agarro las fresas y las peras, continúo mi camino con el carrito y él me sigue mientras se come una de las peras.

VI

¿Será que se dio cuenta que me enamoré de una nota de mercado que alguien dejó olvidada en un libro de la biblioteca? ¿O será que soy tan obvia en haberme enamorado de las viñetas del último cómic que digerí sin respirar? ¿O será que ya saben que he pensado en escribirle una carta a Jeny Lee L. a ver si me lleva de gira con ella? O claro, ya debe estar cansado de verme enamorada en el set de mis sueños cuando dirigí a Julianne Moore, que por cierto “todo mundo” sabe que es mi amora platónica. O sabe que estoy enamorada de la escritora de unos cuentos sobre una tal Ema y de Ema también. O sabe, tal vez sea eso, que cada vez que mi gato se estira boca arriba, le acarició la barriga y el pecho, mientras le digo que es el amor de mi vida y le agarró la jetica. —Continúo, sin darme cuenta que hablo en voz alta— J: ¿Qué es lo que sabe? ¿De qué habla este man? ¿Por qué tiene que ser de un quién y no del amor que hay en cualquier cosa?

J.C: ¿Me habla a mí? —Sorbe el jugo de la pera.— Cuente a ver… Me detengo y agarro un par de cajas de espaguetis.

J.C: Entonces, ¿de quién? ¿Dónde la conoció?

J: ¿Quiere comer en mi casa esta noche?

J.C: No, hoy no puedo.

J: ¿Qué tiene que hacer?

J.C: Nada importante.

J: Ah, entonces el que tiene que responder: “¿Dónde la conoció?”, es otro.

J.C: Si, como no. Hágase que yo le conozco la miradita, esa que hace… toda picarona…

J: ¿Cuál?

Me imagino que se refería a la mirada picarona, cuando teníamos siete años y corríamos por la casa de la abuela, nos encerrábamos en un cuarto y debajo de la cama le di su primer beso.

J.C: Oiga, cuando sale su otro cuento, a ver si ahí me entero.

J: No es un cuento, es una autoficción.

J.C: ¿No es lo mismo prima?

J: No…

J.C: ¿Cuándo?

J: A la media noche del año nuevo.

J.C: ¿Hasta el 31? ¿Por qué a esa hora? ¿Quién la va a leer?

J: Por lo visto, usted.

Me río y pego una carrera con el carrito, dejo deslizar mis pies mientras el carrito me arrastra. Y me digo a mi misma— Ojalá me leas, ojalá me leas. —Otro conjuro que uso para contradecirme y revelarme a mi misma que si hay una ella. J.C deja el esqueleto de la pera en un estante y sale corriendo detrás, como si fuera un niño chiquito que acaba de hacer una pilatuna.

Dedicado a Jim.

 (El Cuento de fin de año: click)

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 Por: Juliana Ramírez Plazas

A veces Jules Anyways

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