DOCE DE ALGO: CARTA A L, UNA EXTRAÑA EN REVOLUCIÓN y ROCK & ROLL

 fito-paez-31-047-14

(Escuchar a medida que se lee y repetir cuando sea necesario) 

Querida L,

Tú carta me llegó justo en la noche que estaba de escapada en un hotelucho de la ciudad gris. A veces si no te vas de la ciudad, te puedes ir de vos misma. A veces no sé qué significa y otras veces reencuentro escritos de antes, cartas de mi yo de hace mucho tiempo y eso recobra sentido. Esa noche, andaba como vos con esa sensación de no querer estar más con los míos, ¿lo míos? Esas personas que te quieren y siempre, aunque casi no les veas, están con vos. Me fui, y en el camino me encontré con un israelí y recordé mi caminar cuando estaba en la universidad, ese lugar que te enseña a escapar de ese mismo lugar, de ese espacio que se supone te universaliza y vos decidís echar tu mochila al hombro y cargarla por las calles que más te dan miedo porque no las conocés. (lo siento por mis tildes, pero al ritmo de la música, me sale ese escribir, ese acento) Caminé, a tras pies, el man me siguió, y recordé que esos lugares que te encuentran son lo que hacen descubrir parte de vos. Hace poco o hace rato leí que muchas personas no conocen su propia ciudad y es cierto, la época en la que más me impregnaba de esta ciudad era esa que estaba recordando con las calles pisadas, alguna vez por el vaho de la noche cuando nos perdíamos entre los locos y el alcohol. Le seguí la onda a este sujeto y terminé en ese hotelucho, mi frase de la noche sólo buscaba un refugio, uno que no fuera mío, sino del otro, nada que me recordara que yo era yo, sino que podía ser otra, cualquiera o tal vez esa otra que siempre somos y que nunca vemos. Terminamos tomando con otro par, todos estaban enrumbados con los ojos ya fuera de sus cuencas por las risas exageradas. Recuerdo que entramos primero a un café y me encontré con un chico que me recordaba, y a la vez ellos eran conocidos, terminamos bebiendo, y les insistía en necesitar un refugio, aunque estaba en todos mis cabales parecía la menos coherente de la noche. Empecé a hablar de música, entre risas le decía al chico conocido qué cómo era posible que no hubiera escuchado a Rodolfo, y se lo repetía una y otra vez. Luego cayó en cuenta que se trataba de Fito Páez, y las risas reventaron un vaso— ¿por qué carajos no sabés quién es Rodolfo? Le dije y se reían otra vez, la noche parecía una repetición de la escena, como la toma 1, la toma 2, la toma 3, ya cuando íbamos en la toma 223, el presupuesto del film se había agotado. Esa noche les hablé de la resurrección de Rodolfo, después de su anterior disco que me había parecido demasiado cursie, aunque claro a cincuenta y tantos años era coherente que hiciera algo dulce, pero a mí no me había gustado, prefería su nuevo disco que todavía me sabía a Mariposa technicolor, sobre todo a Brillante sobre el mic y que se untaba del maldito Charly. Les conté como si fuera amiga íntima de Rodolfo, que ese disco me había sacado de casa y me había traído a las ruinas de esa mesa, en las que rompía vasos porque sí y el israelí sólo decíaIt’s ok, it’s ok… — Es decir podía romper todos los vasos que quisiera porque él creía que iba a ligar conmigo (pero no) Había salido de casa, con el disco bajo cuerda, todas las letras estaban escritas para mí, les gritaba ya medio borracha que justo el disco era como una carta que por fin llegaba para decirme todo lo que había sentido. El israelí me entendía la mitad, le hablaba en un mediocre inglés que sólo me fluye con tragos y el man ya empezaba a entender. Cuando les puse el disco, claro que no entendió la furia de las letras, pero como era rock and roll, todo se volvió universal en la mesa, sobre todo la manera en que todos movíamos las malditas melenas (aunque él era calvo) Después se unieron un par de chicas que si sabían quién era el tal Rodolfo y eso me hizo sentir en calma, hermosas, que si saben quién es Rodolfo. Minutos antes pensaba que tenía que hacer una encuesta de media noche a ver si alguien me cogía el paso. Cuando por fin me quedé un rato sola en el baño o más bien fue que entré al baño, ellos escuchaban la canción de Sybil Vane, mientras el chorro salía con el esfuerzo del equilibrio de nalgas, pensaba que esa canción llegó tarde, muy tarde y grité— ¡Hija de puta! seguido de un susurro mientras me subía la cremalleraLlegaste tarde. Debo confesar que esa noche, gritaba como loca, y ellos, los de la mesa en ruinas, cada vez que gritaba, se echaban un chorrito y me les unía. (Esta carta la escribo como si se tratara de un maldito piano al ritmo de ese reencuentro con Rodolfo y el rock and roll)  A veces necesitamos las entrañas de esa locura que se desintegra con las rutinas, necesitamos enloquecer con nuestros otros yo, queremos sacar toda esa rabia, encerrarnos con esa gente desconocida que nunca más te cruzarás y gritarás, aullarás con esa canción, le coquetearás a la luna con unos locos que te siguen porque eres la vieja más gritona de la ciudad gris, la del bastón, la que escribe al margen de las servilletas sucias, la que vive pasada de amor.

Pasada de amor…

pasada de amor… 

Luego hubo un momento tenue, (min 2:36 canción de Sybil) entre la luna menguante, creernos lobos, perder el bastón por unos minutos, le vi el lado brillante a la noche, la música en mi cabeza enloqueció:

¡Yo no quiero que te acuerdes de mí!

Cantábamos en medio de gritos con la chica de rasta (a la que nombraré T) que se abrazaba con la chica de pelo corto (a la que nombraré C) y en unos saltos de melenas, me abrazaban, yo las miraba muy de cerca, entre esas risas coquetas (3:07 canción para Sybil)

 ¡No quiero que me veas en la red!

¡Yo vivo pasada de amor!

¡Yo vivo pasada de amor!

Entramos por fin al hotelucho, había otra fiesta, sin Rodolfo. Aunque yo sólo podía pensar en mi revolución, en esa noche de manifiestos del azar, de esas cosas que no harías nunca porque nos da miedo la libertad, mire a T y ella asintió y me cogió de la mano, terminamos bailando en la mitad de una gente que enloquecía con una fusión extraña de rock indie y champeta (no sé que era esa vaina rara), mientras bailábamos pensaba que extrañaba mucho mi melena libertaria, esa que hace rato no sentía en la cabeza, sobre todo que no sentía en mi rostro, estaba pensando en lo diferentes que somos y que si todos fuéramos iguales, sería tanta la desgracia de vivir en un mundo así, aunque la mayoría quiera parecerse a otra gente del montón ¡no sean tarados! (más versos de Rodolfo)

La artimaña con T, era colgarnos del cuello del man que se apoderaba del equipo de sonido, ella por un lado le bailaba y yo le sonreía por el otro, hasta que lo sacamos y se lo pasamos a C, en un vaivén que me irritaba, los manes pensando que van a ligar con tres chicas— ¡ja! (eso nosotras) Pusimos: Rock and roll revolución, aún no nos las sabíamos, el caso es que ya éramos las dueñas de la fiesta, y en esos casos sólo necesitás moverte como loca, y como tu cuerpo sienta, además que luego le coges el tiro al coro y todo pasa a ser fácil, fácil, fácil y así la vida fácil. No sé en qué momento se terminó la fiesta, o si la terminamos o algo así. Estaba en la habitación y el disco no me lo podía sacar de la cabeza, compartimos una habitación con T y C, una de ellas tocaba las viejas de Rodolfo con una guitarrita desafinada, yo me emboté a escribirle a Ana, ¿quién carajos se conecta a esa hora? Te preguntarás. Pero te equivocas, en realidad, lo que menos quería era conectarme porque de eso andaba huyendo. Ana es mi nuevo guión, o así lo nombro porque tiene mucho que ver también con una persona y con desconectarse, y escribo notas como si se tratara de una persona a la que conozco y a la vez es una extraña, es confuso lo sé, pero así empiezan todos los procesos creativos, como la vida misma. Les leí fragmentos a T y C, ese amanecer era perfecto, porque éramos como lobas aullando tonterías que cobraban sentido cada vez que lográbamos congelar el tiempo. Luego llegó el israelí, del cual no logro recordar el nombre, aunque mejor no usar nombres, ya que nunca me los voy a cruzar. Son mi noche a medio hacer, cuando no queremos estar donde se supone deberíamos estar. Ellas me decían que querían aparecer en la película y si esa noche hubiese tenido una cámara habrían sido las mejores imágenes para comenzar el film. Esa noche todo era risas, a veces cuando río mucho siento que voy a explotar en lágrimas, esa noche no fue de esa manera.

-No te vayas,

No te vayas,

No te vayas,

No te vayas,

No te vayas,

… de mí-

Desperté en un gran hotelucho, ellas andaban muy dormidas, recuperé mis piernas, me senté en el filo de la ventana, recordé que ella no estaba, releí apuntes de la noche anterior, me acordé de Absolut vacío que tiene algo de la canción de La mejor solución. Sale el sol y Rodolfo dice que está en un piso veinte, T se despierta, abre la ventana y me ofrece un cigarro, me niego, me pregunta— ¿por qué ya no sentís nada? La miro sin entender, no le respondo, cojo el cigarro y miro como el fuego se vuelve cenizas, T me lo quita, al no obtener respuesta tararea algo de Rodolfo, (que no se note que estábamos embriagadas con el reencuentro con ese man: T porque hace rato no veía a su madre en Rosario y yo porqué hace mucho las letras no hablaban de mí) T me sopla aire caliente en el oído, la miro y ella me dice— ¿Eso si lo sentís? en ese instante me acordé de A (que tambié era argentina), en un rodaje y luego volví a mí. Me quedé ahí, mirando como T despertaba a C, y pensé— No siento nada, por fin no siento nada.  Luego mi otra voz, decíaEso no está del todo mal. Y la otra voz que normalmente es música, dice algo así como dejen de pensar. Abrí la ventana, que chocó con la pared y grite— ¡qué te vaya bien!

¡Quemaste el palacio! Grita Rodolfo.

C se despierta con los besos de T y yo como siguiendo las líneas de un guión, jugando aún con los versos de esas canciones que nos habían emborrachado el alma— ¿Por qué no me sacan de este hotelucho? No me quiero quedar sola T se acerca con su cigarro, intenta quemarme, yo no me dejo, C me empuja entre risas y vuelvo a perder las piernas, entre plumas, Rodolfo suena del ipod de T:

Que te vaya bien,

Que te vaya bien,

Que te vaya bien.

 Y ahí entre las almohadas y la tontería, les dije que podíamos estar haciendo el mejor musical, advertí que odiaba los musicales, y claro, sabía que esa madrugada era la más corta de todo el año, ellas partirían y continuarían su viaje, y yo volvería a caminar de vuelta al otro lado de la ciudad gris. Volví a escribir un par de notas, por si del musical salía alguna idea, luego tache, me reí y cerré el cuaderno.

 — Rock and roll y fé pa vos.

 Grita Rodolfo y J desde la ventana

Cariños y buena vibra desde mi histeria.

Sinceramente,

J.

PD2: Querida lectora/lector, los invito a corresponder estas cartas en los comentarios, para seguir escribiendo en este capítulo: DOCE DE ALGO.

PD3: Esta fue la respuesta al comentario de L en esta carta: LEE AQUÍ

PD4: Recuerden que son cartas abiertas a la correspondencia que empezó en: ABRIL

PD5: Todas las cartas TOCA AQUÍ

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6 comentarios en “DOCE DE ALGO: CARTA A L, UNA EXTRAÑA EN REVOLUCIÓN y ROCK & ROLL

  1. L dijo:

    Querida J,

    Empiezo por contar que me enteré de que tu última carta te había traído grandes alegrías, y quiero que sepas que desde la distancia, sonreí contigo. Debo confesar que la había leído desde hace meses, pero la tenía escondida entre el arrume de mis cosas por hacer, quería responder, de verdad quería, pero me ahogaba la sensación de que no tenía nada importante por decir.
    Y es que eso no solamente me pasaba con tu carta, me pasaba con el mundo en general. No quería opinar sobre ningún tema, ni tener conversaciones triviales por la calle, o beber con amigos, e incluso llegué a creer que ya nunca más podría volver a escribir algo que me pareciera interesante. Era como si las palabras me hubieran cerrado la garganta y me hubieran amarrado los dedos. Es muy dolorosa esa sensación de estar encerrada en tu propio cuerpo y no poder recurrir a nadie, ni siquiera a la literatura. Es dolorosa, pero también necesaria.
    Sabrás que estoy mucho mejor ahora y por eso precisamente es que puedo escribir. A veces me aterra un poco que eso sea solo el resultado de las drogas psiquiátricas que estoy tomando, porque me siento de alguna manera, como si todo fuera un engaño. Pero tal vez es mejor ese engaño y no la realidad de mi cerebro que parece estar deteriorado.
    Y es que hay momentos en los que me siento tan desconectada de los otros… como si mi cuerpo fuera ajeno, y ellos extraños que se mueven alrededor mío, mientras yo no soy más que una espectadora de las tragedias del mundo cotidiano. Entonces me obligo a leer los libros más dramáticos, a ver las películas más tristes, o a escuchar historias de quienes sufren, para tal vez en algún momento poder notar algo de humanidad en mí. De la persona que creo que en algún momento existió.
    Debo igual reconocer que durante este año me han pasado cosas mágicas que me han alejado de mi accidentado vivir y que me recordaron aunque fuera por un corto instante que no estaba muerta. Pude abrazar a una argentina a quien hace años deseaba ver y recorrer con ella las calles de mi ciudad olvidada, tuve varios reencuentros con amigos del pasado, me hice un tatuaje que adoré, y bailé incansablemente en un concierto de Drexler que me llegó hasta el alma. A mí la música me cura, por eso creo que entiendo lo que describes sobre esa revolución que provocó en ti Rodolfo. Bailar también me cura, y también lo he vuelto a hacer.
    En fin, mientras los días pasan, intento mezclarme con la gente que va por la calle y aparentar que también yo voy hacia algún lugar. Y quien sabe, tal vez así, caminando sin rumbo, lo encuentre. En verdad lo siento mucho por mi escribir gris y desordenado, pero es la única forma en que puedo hacerlo, por ahora.

    Pienso en ti con frecuencia y muero por leer más aventuras de hoteluchos.

    Cariños siempre,

    L

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