DIEZ DE ALGO: Un audífono tú, un audífono yo

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Inicio de escritura en proceso 7:05 a eme

I

Una calle, un charco, tres pares de sonrisas y un rostro serio que mira el cielo nublado, como es típico de las madrugadas en Bogotá, esa mirada se pregunta si va a llover o no, o simplemente está un rato en silencio porque a esa hora podría verse más estrellado el cielo.

 II

El andén, los pies tropezando con piedritas, de esas que uno lanza contra las ventanas a la madrugada para que la persona salga y se escape a hurtadillas de las rutinas de las casas familiares, de esos momentos en los que no aguantas tanto tiempo discutiendo sobre las horas de llegada o las horas de salida, porque claro esas casas aunque familiares son espacios prestados.

 

III

La esquina y las cenizas de los cigarrillos cayendo sobre las puntas los zapatos, esos mismos zapatos que se preguntan a dónde van y esos mismos zapatos que a la mañana siguiente encontraríamos debajo de la nevera después de pasar todo el tercio de mañana buscándolos en los lugares comunes: debajo de la cama, debajo de la mesa, debajo de los cojines, debajo de una montaña de ropa y nunca debajo de la nevera.

A propósito de la nevera, es de esas de los años 70, que parecen naves espaciales, que se abren con una palanca, recuerdo que esa nevera no funcionaba como nevera sino como biblioteca, por ello recuerdo haber pedido prestado un libro, pero no a la dueña sino a ese espacio extraño en el que habían libros refrigerados, hasta el momento ese libro se volvió un hurto que apenas confieso.

 

IV

Un recuerdo y una ficción entre los dedos.

V

La reja y los murmullos del vaho del alcohol fusionado con las risas que a esa hora parecen amplificadas por megáfonos de vendedores de mazamorra. La dueña de la casa intenta hacernos callar pero el sonido de su: -shhhh- es más fuerte que nuestras risas. Entre el shhhh y una frase que me hizo sentir más frío, la dueña de la casa que se llama S, dice que no encuentra las llaves y se queda buscándolas en la mochila. Una de sus amigas, creo que la de pelo crespo y enmarañado se sube por la reja y todos como si se tratara de un juego la seguimos, S se burla de nuestra hazaña como ladrones y abre la reja sin necesidad de las llaves. Nosotras la miramos mientras ayudamos a la rubia a bajarse de la reja, porque al parecer le temía a las mini alturas o era más bien que ya se le había pasado la borrachera.

 

V

La puerta, sus ojos y sus caderas. El tiempo se dilataba, ya se sentía que iba a amanecer aunque apenas eran las dos a eme, y para nosotras la fiesta no había empezado. Una música de fondo que proviene de mis audífonos colgados en el cuello, se escucha ahogada por mi bufanda, aunque hacía frío, sentía calor en las orejas por los susurros de un par de chicas que no dejaban de hablar sin palabras.

Mirar por el rabillo del ojo a esa pareja de chicas besándose me recordaban la adolescencia, en ésa época en que todo era secreto y uno andaba a hurtadillas espiando a Bea, la vecina pelirroja que era más grande que uno. Recuerdo que uno memorizaba las horas, los minutos y los segundos para salir al mismo tiempo y cruzársela en el mismo espacio, así ella nunca se enterara de lo que sucedía en esos segundos de verano.

VI

¿Quién mira a quién? Me preguntaba mientras ella cerraba la puerta y las demás subían las escaleras a prisa.

 

VII

Una escalera, los pasos, los escalones, los sonidos chirriantes de cada paso sobre cada escalón que me recuerda el tiempo que tardaba en subir las escaleras de la finca de mi abuelo cuando tenía cinco años. En ésa época no pensaba en el tiempo, ni en el espacio, ni en la edad, ni en las chicas, sólo en los sonidos que hacían las escaleras cuando mi abuelo subía, con ese peso milenario en cada pie, arrastrando el tiempo y las historias, luego aparecía ante mí, sonriente con algún cuento secreto para pasar la madrugada, antes de que los demás nietos se despertaran.

VIII

Ese era mi momento secreto con mi abuelo le dije a S y ella me respondió con una sonrisa en los ojos, subimos las escaleras y esa fue la primera vez que nos vimos y el tiempo se eternizo entre los comentarios de la música que salía de mis audífonos y la reflexión de ella sobre que conmigo siempre se acordaba de su niñez, del amor de sus abuelos que también sabían eternizar juntos, las travesuras con su hermana mayor y los sueños que aún no me confesaba.

IX

Arriba, todas gritaban que nos apuráramos. Y abajo, estábamos sentadas, S con un audífono y yo con el otro, ya no hacía frío y el tiempo en la escalera se hizo eterno.

(Lo que escuchan por los audífonos: toca aquí)

Fin de escritura en proceso 7:49 a eme.

(De los recuerdos del sonido de la escalera de S)

Por:

Juliana Ramírez Plazas

a veces Jules Anyways

siempre @ClemSinOxigeno

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