TRES DE ALGO: NEUROLANDIA A LAS TRES A EME

Fotografía por Mariano Rentería Garnica

Fotografía por Mariano Rentería Garnica

Vivido el 3 de septiembre.

(Escuchar con audífonos)

Tres de sep-tiem-bre… el amanecer y la noche se fundieron, nos despertamos con ansias de enredarnos con la cobijas, esas tiernas amigas que no te dejan ir tan fácil. Nos despertamos y manejamos todos los sesenta y un minutos que tienen las tres a eme de la madrugada, no llovía, no corría el viento, no había la primera canción del señor de la esquina que vendía mangos junto a la radiola con su rock viejo, se escuchaban los pájaros, esos mismos con los que había soñado, (en el sueño anterior a la una de la mañana cuando miré el reloj y todavía no era hora de despertarse para ir a la sala blanca)

En el carro, sentía mucho frío en los tobillos, porque me había puesto unas medias cortas, el resto del cuerpo estaba abrigado por telas y un saco de capucha, tenía los ojos entre dormidos y nada de lo que dijera la conductora-M me hacía pensar.

A las neuronas las imaginaba levitando en sinapsis sin contenidos, sólo electricidad para tener los ojos a medio cerrar, la capucha me hacía sentir incógnita por la ciudad, donde no habían transeúntes, tan sólo un sujeto que vimos dormido en un taxi, había parqueado en una esquina, la conductora-M se quejaba del peligro de parquearse en las esquinas, mientras mis neuronas aunque plácidas, se decían entre ellas que la conductora-M hacía lo mismo, parquear en las esquinas.

Al rato escuchaba que la conductora-M decía que cruzaría por esa calle solitaria sin importar la existencia de los carros fantasmas, me explicaba quienes eran esos vehículos: -son esos carros que se pasan en rojo las avenidas y aparecen de la nada frente a los ojos y ¡BUM!, los estrellas o te estrellan…- Mis neuronas hablaban entre ellas sin hacer mover mi boca y repetían que la conductora-M también se pasa los semáforos en rojo y no a horas desiertas precisamente. En ese momento atravesábamos un caño que daba a una avenida enorme, -soledad infinita- decían mis ojos, -infinita soledad- repetían mis oídos, tenía las manos en los bolsillos del saco, me acomodo la capucha hacia adelante, como para que nadie me reconociera, pensando que alguien me reconocería, frote mis manos y mire hacia la ventana, mientras mis dedos acariciaban las falanges, mis manos no parecían mis manos, estaban calientes, eso quería decir que eran mis manos, salvo que se parecían al calor de las manos de zombie-soñadora, cuando sus manos se iban entibiando mientras yo las acariciaba, jugué con la punta de los dedos, y pensé sin mover las neuronas y sin mover los labios: -me gustan mucho los dedos calientes, las puntas de los dedos redondos y doblarle a ella los dedos con cuidado por las falanges y las falangetas- al mismo tiempo me preguntaba dos cosas si esas palabras existían como partes del cuerpo y me preguntaba sin preguntarme nada en concreto si a esa hora ya se estaba despertando del otro lado de la ciudad la zombie-soñadora (dado el caso de que las zombies durmieran), y si tal vez vería la ciudad tan llena de silencio, tan llana de gente.

En el camino nos encontramos con un sujeto de cachucha con la espalda jorobada, no una joroba al estilo V. Hugo, sino al estilo urbano de tener mala postura, andaba con camisa de leñador y una pala, (en realidad no era una camisa de leñador, pero mis neuronas insisten en recordarlo así, aunque si llevaba la pala), cruzaba la calle y nos miraba, era el único ser-hombre que pasaba por esos lares, en ese instante mis neuronas empezaron a picarse con sus ácidos ribonucleicos de la imaginación y empezaron a canturrear sin hacer mover mis labios que el hombre llevaba la pala e iba a asesinar de un solo tacazo a alguien , tal vez a un alguien que acaba de llegar de oler la rumba y que no tenía todas sus neuronas despiertas, en ese instante hice virar el carro, el único movimiento corporal de la mañana y perseguimos al ser-hombre-(slash)-asesino, muy despacio-rápido para los latidos del corazón, casi pisando sus talones, el ser-hombre-(slash)-asesino en la esquina freno en seco y nos miro, como quien mira a su próxima víctima, se dio la vuelta y de un tacazo le dio un golpe al carro, desde adentro saltamos del susto, él siguió caminando hasta perderse en la esquina, de ahí en adelante, podríamos habernos bajado, pero en ese momento debíamos recuperar la cordura y la respiración.

Mire el reloj y ya era urgente volver a nuestro camino. En ese momento, caí en cuenta que mis neuronas habían hecho una sinapsis con tormentas, relámpagos y electricidad, que me habían desconectado de la realidad y en ese momento apenas pasaba el ser-hombre-(slash)-asesino con la pala y la camisa de leñador, apenas nos había mirado y la conductora-M aceleró mientras miraba hacia atrás como desconfiando de aquel sujeto, acto seguido la mire por el rabillo del ojo y casi vuelvo a caer en la artimaña de mis neuronas y volver al loop de seguir al tal ser-hombre-(slash)-asesino que iba a asesinar a alguien, ahí me asaltaron las neuronas lógicas: -¿qué habrías hecho? ¿Le habrías tirado tu bastón que pesa menos que una pala?- Las neuronas estaban alborotadas, me sonreí y en ese instante la conductora-M gritó: -¡ése es un carro fantasma! ¿lo viste?- del otro lado de la avenida, un carro negro y alargado se pasó un alto y el frenazo de la conductora-M salvó nuestro recorrido. Mis neuronas no se asombraron, yo sólo sonreí, aunque yo si me había asustado e inmediatamente me había asegurado de que el cinturón estuviera en su lugar, en ese instante pensé lo mismo que pienso de los carros, sobre todo de conducirlos, así que obligué a mis neuronas a racionalizar, aunque era un poco temprano para hacerlo: -¿cómo es posible que la gente confíe en otra gente para montarse en un carro? ¿Será que es la costumbre de los años y que crecemos entre esa gente que nos lleva en carros y nos montamos sin chistar? En serio, yo no podría manejar y llevar gente, es una responsabilidad muy grande- pensé que por eso Shelly tampoco manejaba y me di cuenta que no quería manejar, aunque eso lo sabía desde los doce años, cuando estrellé un carro contra un poste de luz y mi amigo se echó la culpa, porque su padre lo regañaría peor si se diera cuenta que le había prestado su valioso vehículo a una culicagada. Días después lo perdieron en un accidente peor, no sé que le dolería más a su padre si el carro o que el perro saltó por la ventana para salvarse y su esposa murió en el intento de agarrar al perro.

La conductora-M se preguntó así misma si esa era la calle para bajar y quedar derechito al lugar de la sala blanca, yo asentí, pero ella no se dio cuenta, a esa hora, no me gusta mover mis labios para hablar. Bajamos por una cuadra, que estaba cerrada, ahí traté de ser una co-piloto útil pero mis labios no se movieron. Llegamos al lugar, ella se pasó y le dije que podía parquear más atrás, empezó a hablar de los bolardos invisibles que había visto dos cuadras atrás, pero no existían, le dije que no estaban y me burlé diciendo que también eran fantasmas.

Me bajé, cerré la puerta, hice un esfuerzo por no dormirme, entré y todo el protocolo de las tres a eme vuelve esos eventos de clínica más eficientes, la gente parece robot, iba a decir zombie, pero los zombies son los que andan por la ciudad el resto de día, locos, hambrientos de la rutina y con afanes desmesurados. Acá, las señoras eran robots, con sonrisas falsas, con preguntas cortantes, esas que simulan interesarse por el soñador-paciente acerca de su vida entre las artroscopias y el daño del ligamento cruzado, pero en realidad son rutinas que a esa hora son evidentemente innecesarias, a esa hora mis neuronas aunque hablan de sobra, mis labios no quieren moverse.

Un milagro ocurrió, un mini milagro quise decir, no tuve que quitarme toda la ropa para ponerme esas batas picosas que dejan alergias por años y no resultan ni los baños de sal para quitarse la picazón y la suciedad de toda la gente que se pone esas batas, (aunque digan que las pringan, etc…) -Nada metálico, por favor- dijo la robot-enfermera y me quito el bastón, me imaginé o las neuronas lo hicieron: que la robot- enfermera-era el ser-hombre-(slash)-asesino de la pala y ahora no tendría con qué objeto-artefacto luchar, pensé inmediatamente que la robot-enfermera debía tener un daño en su chip porque claramente un bastón tiene una función y si se le quita al soñador-paciente: -¿cómo carajos se apoya para caminar?- De igual manera mis labios no dijeron nada y mis pies se arrastraron hasta la maquina que parecía del tiempo. La luz HMI me abrió los ojotes, casi me estaba despertando de mi letargo, luché y cerré los ojos, la robot-enfermera, claramente venía de la especie de los zombies que no leen e intentó agarrarme la rodilla incorrecta, mis labios se movieron y le dijeron que era la rodilla izquierda, al rato un salto en el tiempo a un flashback corto en el que estoy llenando el formulario y escribo en mayúscula: rodilla IZQUIERDA (por favor). Empezaron las preguntas de rigor: -¿a qué viene?- Las razones y demás estupideces, que en realidad una robot-enfermera no debería preguntar porque en un jamás rotundo nos volveremos a ver, tanto que a ella no le importa ni leer, a mi no me importaba responder, además porque a esa hora ninguna de las dos entendía las preguntas y respuestas de la otra.

Me acosté, me puso unos audífonos, y recordé que Shelly los habría limpiado antes de dejar que una robot-enfermera se los pusiera, luego me puso una cobija y pensé en el sujeto-con-cara-de-cadáver que había salido antes que yo: -¿cuántas personas no se habrán acostado hoy acá?- Respuesta que obtuve después y supe para un alivio falso que había sido el sujeto-con-cara-de-cadáver había visto salir y yo la soñadora-paciente.

La máquina del tiempo, duraba media hora, tiempo suficiente para que los sonidos que retumbaban entre la sala blanca, los audífonos y mis tímpanos congeniaran en alguna anécdota, era la quinta vez que usaba estas máquinas, y en todas las veces, los sonidos se parecen o son los sonidos de una nave nodriza-alienígena de una película de finales de los 80, en la que la nave se comunica con los humanos con sonidos de una organeta o una melódica, de la película sólo recuerdo que los humanos también tocaban algún instrumento para comunicarse con la nave, aunque no sé si la comunicación tuvo algún tipo de retroalimentación. En el proceso del pitido y los ruidos, los alienígenas-inventados, cada vez que pasaba saliva el ruido hacía un sonido extraño como de juego de concursos, cuando alguien se equivoca: -PIIII!- decidí intentar no pasar saliva, pero fue imposible, seguí pasando saliva y el pitido se escuchaba exactamente en el momento en el que lo hacía. Acto seguido cerré los ojos, porque del techo aún después de tantos años, seguían pegando un póster de una playa, y unas palmeras en Miami, supongo, esto para aquéllos zombies sin imaginación y que sufren de claustrofobia se imaginen que no entran en un túnel que hace las veces de máquina del tiempo sino que proyecten su mente a una playa a la que no van a ir a menos que trabajen 30 horas al día en zombilandia, así que quien quiera que puso ese cartel soleado, tendría que saber que eso no funciona ni siquiera para los soñadores-pacientes que tenemos nuestra propia mente para imaginar y soñar sin esas torpes imágenes.

Cerré los ojos y pensaba en blanco, repetía la palabra: -blanco, blanco- lo hacía al ritmo de los sonidos alienígenas, recordé el cumpleaños del día nueve del mes nueve, todo porque me acordaba de soplar una melódica, luego me acordé o quise dibujar a las dos zombies que tenían más de soñadoras-pacientes que de zombies y recordé que ya había liberado sus recuerdos de mi sinapsis personal, así que el viaje al blanco más blanco se hacía placentero.

Luego las neuronas insistieron en dibujar el otro lado de la ciudad a esa zombie-soñadora en un despertar que la haría pensar en esta soñadora-paciente y luego, las neuronas empezaron a discutir si era posible que en los sueños que creábamos en el REM podría uno encontrarse con las personas que no ve cuando se está despierto, este experimento ya había tenido varios intentos y habíamos llegado a una conclusión parcial a la teoría de que si soñábamos con esas personas y nos encontrábamos con ellas, tendríamos que llamarlas al despertar y preguntar si habían soñado con uno, claramente tuvimos muchas negativas de estas personas, aunque una vez lo intentamos avisándole a esa persona que íbamos a soñar con ella y así ella también se podría programar, y aunque no tuvimos la certeza de habernos encontrado en el sueño, al parecer si soñamos con cosas similares, eso en una tentativa a creer que si había funcionado el experimento. En ese momento de tanta cháchara sináptica, recordé que esa madrugada-noche había soñado con la zombie-soñadora y que en ese momento de reencuentro sensorial o por lo menos cognitivo, todo había vuelto a marchar bien, estábamos en otra sala blanca, que en principio era como una tienda de pan de chocolate, en la hora pico de la ciudad, donde había más zombies para espantar. Estaba tranquila mirando el itinerario de las conferencias de cine o algo por estilo, y de pronto vi que se acercaba, me hice la loca, hice que las neuronas no me delataran con expresiones corporales y mire hacia otro lado, en el que vi que llegaba otra persona muy zombie-zombie-metiche que no quería ver ni en pintura y en ese momento mis neuronas hicieron un alto: -¿cómo se atreve a meterse en mis sueños?- luego me di cuenta que no se trataba de esa zombie-zombie-metiche y baje la mirada y me concentré de cara con el panfleto, el cual tenía otro dialecto inscrito, en ese instante la zombie-soñadora llegó, sentí su presencia a una distancia más lejana, pero la sinapsis al parecer estaba controlada con sus ácidos y demás químicos que hacen explosión cuando una soñadora-paciente se pone nerviosa, en ese momento de la nada y para sorpresa del cuerpo presente de mi yo en el sueño, la zombie-soñadora me dio un beso en la punta de la falange de mi dedo índice y ahí las neuronas se descontrolaron: -¡control, control!- gritaban las neuronas desde las cuencas de mis ojos, mientras mis labios sonreían. En el tiempo del sueño era como un día que precedía a otro en el que todo había marchado de maravilla con la zombie-soñadora, aunque mi yo desde afuera del yo del sueño sabía y le comunicaba al yo del sueño que hace mucho tiempo no nos veíamos, ni ese yo, ni mi yo de afuera a la zombie-soñadora, las neuronas prendían las alertas de colores, sobre todo las rosa-fucsia-neón que usamos en casos eróticos y las otras neuronas las apagaban para encender las rojas y no dar una noción equivocada a las neuronas que se iban a encargar de hacerme decir alguna estupidez o sonreír como una zombie–boluda, -¡control, control!- mi yo del sueño sonrío y tuvo un leve corto circuito entre el rosa y el rojo, ya que el rojo con el rosa se pueden confundir con el amor, etc, mi yo del sueño abrió los ojotes y le dio un beso en la mejilla para disimular todo eso que ocurría allá adentro y fuera del yo del sueño.

Entramos a la tienda de pan de chocolate como si el tiempo se hubiese condensado en el tiempo del sueño y este se hubiese estirado al infinito, la tienda de pan de chocolate se había convertido en otra sala blanca, con menos luz cegadora, al parecer era un auditorio de conferencistas de todo el mundo que hablaban si mal no recuerdo sobre la ciencia auditiva en el cine, el diseño sonoro en el cine y así otras derivaciones. Todo indicaba a que los presentes debían estar más atentos a la escucha de la otredad, términos que se aprenden en los espacios oníricos o libros viejos, es decir, debíamos escuchar mejor al otro para no perdernos en el tiempo de los sueños que sucedían fragmentada-mente y luego aparecíamos en otro lugar en el mismo tiempo, sin notar que desde adentro habíamos cambiado, en ese momento la zombie-soñadora, me tocaba la pierna y me miraba sonriendo, se sentía mucho cariño revolcándose en el aire, en ese momento se levanta y me quedó escuchando otras otredades, ella regresa con una zombie-alumna que casualmente o por enredos de los sueños yo le había dado clase, lo curioso es que todas las personas del sueño que conocía eran crespas, de tez trigueña y cabello negro, la zombie-alumna me miro pero no me reconoció o se hizo la zombie-tonta, al instante la zombie-soñadora me avisa que había tenido que ir a abrirle la puerta a la zombie-alumna, en ese momento un halo de luz pasó por la sala blanca, se trataba del sol o de algo parecido a un rayo solar, la zombie–soñadora había cambiado de lugar, al parecer el lugar era otro, y ella ahora tenía el pelo liso, un poco extraño, como de esos peinados de las películas de la guerra de las galaxias, como la princesa Leia o tal vez era como una elfa, un poco confuso el recuerdo, el caso era que se veía hermosa, me sonreí porque el tiempo había pasado y había escuchado clarito que seguíamos sentadas una junto a la otra. En ese momento en la sala del rayo solar, se escuchaba una alarma, la gente se levantó y llegó como la zombie-líder-grupal y dijo que teníamos que salir porque todos ahí metidos no se escuchaban unos a otros y que tocaba mejor por turnos, cosa que no entendí, yo estaba en plenitud, la zombie-soñadora me coge de la pierna y me dice que planeemos salir por el otro lado, para que el tumulto de gente no afecte mi caminar, yo sonreí sin impedírselo a las neuronas. Nos levantamos, la alarma se hacía más intensa, miraba hacia el techo y empezaron a sentirse los ruidos alienígenas que se parecían a la melódica, seguidos del sonido de mi garganta pasando saliva con el ruido de juego de concurso: -PIII!-, abrí los ojos porque escuché que la puerta se abría, estaba en la sala blanca, con el poster de la playa en el techo, la máquina del tiempo marcaba cero-cero-cero y la robot-enfermera me quitó los audífonos, dije algo parecido a: -me quedé dormida, ¿será que me moví?- al parecer no me había movido, la robot-enfermera dijo algo sobre madrugar tanto y luego salí de allí, reclamé dos veces mi bastón y la robot-enfermera hacía una mueca mientras lo buscaba. Me puse la chaqueta y la capota, para que nadie me reconociera, pegué un post it en un cubículo blanco y le tomé una foto a escondidas, me entregó el bastón, me dijo algo del diez de este mes y yo pensé que el diez era martes y luego conté con los dedos y no era martes el diez.

Salí de allí con el bastón, habían un par de zombies a la entrada cotorreando, entre de nuevo al carro, la conductora-M habló de la velocidad mientras yo pensaba que la máquina del tiempo era muy eficaz, dije algo sobre quedarme dormida y el carro arrancó por toda la autopista. La ciudad seguía vacía, sin zombies merodeando, recordé que tal vez la zombie-soñadora ya había despertado, recordé que no nos podíamos encontrar entre sueños, abrí la ventana y dejé volar los pensamientos mientras pensaba en blanco y más blanco, artimaña usada para no pensar sobre la cosidad concreta.

Exactamente nos habíamos demorado una hora (eso en tiempo zombie-real), eran las cuatro a eme. Aunque en el tiempo en que yo vivía, era una eternidad pausada, y volví a dormirme y enredarme entre las cobijas, esas amigas que no te dejan levantar, abrazando los sueños para que no se escapara la zombie-soñadora y recordé los dedos que se entibian mientras se acarician, el frío se disipaba y me quedaba de nuevo dormida, dispuesta a soñar lo siguiente que se vendría: Un ave que se convierte en niña en un mundo azul-azul-azul

Por:

Juliana Ramírez Plazas

a veces Jules Anyways

siempre @ClemSinOxigeno

PD: #IntentoDeCuentoDeLiteraturaIntimistaPasaEnlosSueñosDeJ

(etneicsnocbusleedsedranodrepedsarenam)

PD2: Vuelvan aquí pronto, para ver el post it mencionado

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Un comentario en “TRES DE ALGO: NEUROLANDIA A LAS TRES A EME

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