DOCE DE ALGO: Carta a una extraña en la hora express del día (premonición)

Predicciones en la 45, para calmar los nervios

Querida O,

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Siete y doce a eme

Hoy me despertó el olor a pancakes recién hechos, a chocolate derritiéndose, el lugar que habito olía a pastelería, no sé si los olores se escapaban desde los sueños o aún estaba dormida, ese olor me hizo sonreír y recordar cuando era chiquita y mi madre me dejaba jugar con la masa, como si fuera plastilina, sin ningún objetivo claro de querer cocinar algo, era un juego.

Ocho a eme

Hoy me desperté sin nudos en la garganta aunque sigo queriendo llorar, de hecho le hago caso a Luc y A, de llorar así no quiera llorar y aunque no se me da bien, empiezo a actuar para poder llorar y que salgan de una buena vez.

Nueve a eme

Hoy me desperté queriendo un abrazo eterno, de esos en los que las palabras sobran, el tiempo se detiene y el momento se retrasa, y así abrazarnos para que el momento de irse nunca llegue, nunca llegue, repito como una niña chiquita que no se quiere bajar de la Noria y quiere sentir que está volando otra vez.

  Diez a eme

Hoy me desperté, pensando en la gente con la que sueño y que justo parece que las hubiese llamado por teléfono para que aparecieran de nuevo, y entre esos pensamientos aparecen en la vida real, al instante me pregunto si las he llamado o les he escrito y recuerdo que justo estaba pensando en que había soñado con esas personas y que no quería encontrarlas de nuevo. Y así, la cama se revolvió entre la sonrisa de la cocoa mañanera, el olvido de los buenos días, las medias que siguen perdiéndose, el mordisco del gato en el pie descalzo, el pelo enmarañado que no crece, los ojos hundidos en la almohada, la alarma que no quiere sonar para decirte: go love go, y el reloj que todavía marca la una a eme y te das cuenta que aún no huele a chocolate, aún hay tiempo para que se acuerden de los buenos días, las medias siguen en mis pies, el gato aún no me ha mordido, está desgonzado entre la almohada y mi antebrazo, la alarma sonará y te dirá: go love go, el pelo crece despacio aunque no lo notes, los ojos entre cerrados advierten que vas a volver a volar.

 Diez y treinta a eme

Hoy me desperté pensando en que quiero llegar tarde a la cita, esa que no es una cita, esa que es algo entre la incertidumbre y la dulce espera de la que tanto habla un viejo amigo que leía en la adolescencia (Inti Manic).

Diez y cuarenta a eme

Hoy me desperté pensando en ese tráiler de la película en la que las personas andan ensimismadas con la tecnología, los celulares, los chats y ya no se dicen nada, están vacíos, no sé si quiera ver ese film que se parece tanto a ciertas cotidianidades.

 Once a eme

Hoy me desperté pensando en antenoche, como si fuera hoy, esa noche en la que no podía dormir porque me atacaban un sin número de pensamientos envueltos en lágrimas que deambulaban en la espesura de las acciones cortas que distancian a las personas, como pensar que la hora del almuerzo es la hora más corta del día, en la que todos los oficinistas de la ciudad salen a buscar almuerzo y se meten en lugares pequeños, llenos de ruidos, que si los vemos de lejos parecen gallinas en manada comiendo alpiste. Pensaba que el almuerzo es la hora express y luego pensaba en el sabor amargo del expresso mal preparado en los cafetines esquineros, pensaba que esa hora express es como un tren con una sola parada en la que si no escoges la palabras concretas, el tiempo se las llevará y la próxima parada será de nuevo un beso escrito, un beso sin memoria.

 

Once y doce a eme

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La hora express es como cuando intentas hablar con alguien en un bar y subes la voz para que te escuche, ella asiente con la cabeza pero tal vez su cabeza se mueve al ritmo de la música y realmente no te escuchó, subes más la voz y en ese momento inesperado, la música cambia de melodía y terminas gritando algo que sólo querías que escuchara esa persona, viéndolo por ambos lados, del revés y por el ladito, tal vez la hora express de ese instante sea mejor a los gritos.

Once y cuarto a eme

La hora express es el almuerzo con afanes, es mirar el reloj a cada segundo porque se va a llegar tarde a esos enfermizos lugares en los que sólo te dan una hora de almuerzo y un cubículo de dos por dos, compartido con otro ser doblemente más grande que vos.

 Once eterna a eme

La hora express también se puede eternizar, aunque se necesita un tiempo exacto, un espacio en forma de L, la disposición de las sillas con las patas entre cruzadas, dos mujeres que se reencuentran, las manos bajo la mesa, los ojos cabizbajos. Las manos deben presionar y tocar la punta de las rodillas y luego deslizarlas hasta el abdomen, dónde seguro habrá una indigestión que constará de varios rebotes de nervios, gastritis, las tales mariposas verdes o amarillas que en realidad son retortijones con ganas de hacer pis imaginario, una úlcera avisando que va a salir y sonrisas inevitables. Si presionas o le pides a tu acompañante que lo haga por ti, la hora express empezará a ceder las milésimas de segundos que la hacen tan veloz.

Cuando por fin presiones el abdomen, podrán saludarse viéndose a los ojos, las manos ya no temblarán y se quedarán mirando, no perderán el tiempo en el menú, y las frases torpes de “¿cómo has estado?” Y esas que hacen pensar que son personas lejanas dejarán de fluir por sus labios y se quedaran un rato en silencio, aunque luego vendrán las explicaciones o en el mejor de los casos, para poder eternizar más, alguna de las partes, cogerá a la otra debajo de los lóbulos e intentará un beso lento, de esos que cuando suceden retrasan el momento en que la otra persona quería hablar de las dudas, siempre hay una parte que corre el peligro de la vergüenza y en todo caso, la hora express puede ser tan tormentosa para ambas que el tiempo las envejece a prisa, como si no hubiese mañana y la vergüenza es sólo una excusa.

Después del beso, la hora express querrá recuperar esas milésimas, a menos que el después no exista porque aún siguen besándose y cuando sus labios se despeguen de los tuyos, las sillas seguirán enredadas, la punta de las rodillas temblaran, tus manos estarán en su abdomen y las de ella en el tuyo, olerás su pelo y aunque quieras seguir llorando por todo el tiempo pasmado antes del reencuentro, le dirás: “Aquí estoy, contigo” Y las dudas se disiparan, ella te hablará lento, con su mano bajo la mesa cogiendo la tuya, mientras la mesera les trae un jugo clichesudo con dos pitillos, recordarán que están en un cafetín esquinero, y ella te hablará de los monstruos bajo la almohada, de los nervios al teléfono, de las canciones confusas, de los rumores virtuales, de los fantasmas viejos, del viaje y las ganas de verte, de lo terrorífico de sentirse vivo y de lo bonito que es estar a tu lado. Vos le hablaras de los nudos en la garganta, de las lágrimas que no salen, de los miedos absurdos, de los bailes en calzones, de los espacios sin los tiempos locos de ella y seguro se volverán a besar, ese músculo que late será el tiempo y la hora express por fin eternizará y cuando sea hora de partir, no será por un adiós sino por un hasta luego envuelto en un quiero verte otra vez y otra vez y otra vez.

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Sinceramente,

J.

PD: Querida lectora/lector, los invito a corresponder estas cartas en los comentarios, para seguir escribiendo en este capítulo: DOCE DE ALGO. Gracias

PD2: Recuerden que son cartas abiertas a la correspondencia que empezó en: ABRIL

PD3: Todas las cartas TOCA AQUÍ

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2 comentarios en “DOCE DE ALGO: Carta a una extraña en la hora express del día (premonición)

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