SEIS DE ALGO: Ema en el fin de mi mundo

Vintage boudoir fotografía by Viviana Salgado Vega publicada enhttp://bit.ly/1dZhpNW

Vintage boudoir fotografía by Viviana Salgado Vega publicada en: http://bit.ly/1dZhpNW

(Playlist para leer)

I

Los dolores, la habitación y el amor.

Ema se despierta, camina en puntitas de pies, sin hacer ruido, para no despertarme, pues en los días anteriores, yo había estado enferma, con dolores por todo el cuerpo, yo le decía que sentía que me habían crecido órganos raros que nadie más tenía. Ella me decía— Debe ser el efecto de la medicina, duérmete. —Me da un beso y me duermo porque sé que ella me va a cuidar el sueño. Ema sale de la habitación y se lleva a Leonela cargada.

II

Despertar, las mejillas y el milagro.

Ema vuelve a la habitación, se desliza por el borde de la cama, despacio, hasta que llega a mi oído, se hace encima mío sosteniéndose con los brazos y me da besitos en las mejillas, siento calor y cosquillas, abro los ojos, siento que Ema suaviza mi ser, que es como el sol que calienta y cuida de no quemarme, le doy un beso en la punta de la nariz, ella se sonríe y le digo: —¿cómo puedes ser tan hermosa? —ella se muerde el labio, ese labio que me a mi me gusta morderle, me dice: —hermosura, ¿amaneciste mejor?— lo dice con ese tono de juego, como diciendo: “Ya estás de coqueta, eso es que ya puedes salir a trotar y dejar de incapacitarte”. En medio de sonidos mañaneros, con esos pucheros que la convencen, le digo que todavía me duele justo donde ella tiene su seno izquierdo sobre mí, inmediatamente estira los brazos para quedar por encima mío sin presionarme, nos reímos, porque todo lo que sucede ahí es puro amor.

E: ¿Cuándo vas a ir al médico?

J: Ya sé que tengo, es un soplo al corazón, como un hoyo negro que me presiona desde la cicatriz que tengo en la espalda hasta el corazón que tengo en medio de las costillas… eso no lo curan los médicos.

Ema me dice que ella leyó mi entrada de quejas en el blog y que no le parece que ande hablando de soplos en el corazón sin haber ido al médico. Mientras me lo dice, me da besitos justo en el tórax donde me duele.

E: Amor, si es un soplo en el corazón, deberíamos ir al fin del mundo, para que respires, yo creo que es estrés.

Me quedo mirándola como si hubiese pronunciado un milagro.

J: Amor, ¿cómo no se me había ocurrido antes?, me voy a bañar y me voy.

Le doy un beso e intento levantarme, pero me duele el lado derecho del cuerpo, Ema me detiene con una pregunta: —¿No quieres que vaya? —Me quedo acostada con la mirada en la punta de sus labios: —quiero ir primero, estar sola un rato, luego llegas y nos encontramos para cenar, ahí está, yo te cocino.

Nos besamos, Ema se ríe entre mis labios y me dice: —No vas a querer cocinar, allá no hay nada de comer… mejor te llevo y nos cenamos. —Yo le repito besándola: —¿Por qué eres tan hermosa?

III

El secreto, la confianza y las vendas.

La segunda vez que conduje un carro con una persona adentro, fue cuando llevaba un año con Ema, aclaro que ya salíamos en serio, pero aún no vivíamos juntas. El Fin de mundo es un lugar cercano a la ciudad, una lomita que nadie conoce salvo los pocos que he llevado con los ojos vendados y me confían su vida en el carro o se aguantan la subida en bus y luego la caminata por la vereda, de la cual no revelaré ni nombre, ni la geografía de sus subsuelos, ni el clima que abraza la montaña para no dar tantas pistas.

Es un lugar que construí en un principio para mi, para irme del caos de la ciudad y de las vidas que me rodean, la gente piensa que desaparezco del mapa porque según la gente los escritores se meten en una cueva o en una cabaña como ermitaños hasta que terminan sus libros, poemas, novelas o guiones, cabe aclarar que en mi caso, no voy allá para escribir sino para estar conmigo, porque es un lugar que considero una extensión de mi, cada madera contiene una parte de mi, en ese lugar recargo energía vital por eso no cualquiera puede ir. También cabe aclarar que uno escribe todo el tiempo, viviendo se escribe, en cualquier lugar, ni siquiera teniendo tinta, ni papel, la mente es una potencia inigualable.

Ema hace de co-piloto, cosa que no me gusta mucho, porque no me gusta manejar, pero es la única manera de poder llevarla al fin del mundo sin que sepa donde queda el fin. Así que como se podrán imaginar, Ema lleva vendados los ojos, con una pañoleta azul de puntos blancos que huele a ella. No sé porque Ema me confía su vida para llevarla en un vehículo tan peligroso, creo que le intriga saber qué es eso que yo llamo: el fin del mundo, ese pedacito de tierra que nadie conoce, que ni siquiera aparece en el mapa, hay que inventarse las coordenadas para llegar.

E: Amor, ¿te parece que pierdo mucho el tiempo?

J: (le bajo el volumen a la música del carro) ¿por qué lo dices?

E: Siento que he perdido mucho tiempo.

J: ¿haciendo qué cosas sientes que pierdes el tiempo?

E: Por ejemplo… cuando camino lento para ir a una cita a la que voy tarde o las veces que jugamos a mirar el techo y ver figuras como si fueran nubes, creo que a veces no tengo tanto tiempo y luego creo que sí tengo mucho tiempo y que podría ser inventora de algo inútil que toda la gente usaría y luego pienso que no soy inventora.

Ema se acomoda la venda, yo le cojo la mano para que no se la quite.

E: Amor, me pica…

J:  ¿Con qué más pierdes el tiempo?

E: No sé… creo que debería intentar escribir ese libro o no abandonar el taller de novela por irme a trabajar en esas sesiones de fotografía de productos que ni yo uso, creo que pierdo mucho tiempo viendo los árboles secos en el parque mientras Ulises corre.

J: ¿te parece que eso es perder el tiempo?

E: ¿no?

J: Pues si en medio de todo eso que haces y que no haces, no sonríes, si estarías perdiendo el tiempo.

Ema sonríe, porque aunque esa sensación siempre la invade, sabe que no está perdiendo del todo el tiempo, como ella cree que lo hace.

J: El tiempo es un invento, para controlar el día y a la gente.

E: ¿De qué tiempo hablas?

Me meto en un hueco que no alcanzo a esquivar.

J: De las horas, meses, minutos, segundos…

E: Me refería a lo que dura la vida…

J: ah… amor, eso no se podría saber… creo que el tiempo necesita del mismo tiempo para poder ser el tiempo…

Ema deja  de sonreír, no debí seguir la conversación, pero ahí estoy pintada, dándomelas de comprensiva y sabia. Ema me coge la mano y me pregunta: —Amor, ¿ya vamos a llegar?

J: En un par de curvas, llegamos.

E: ¿Así de cerca es el fin del mundo?

Me sonrío y le digo:— Sí, así de cerca es.

Se quita la venda sin mi consentimiento, la miro y le tapo los ojos.

IV

Los perros, la lomita y el viaje.

Llegué justo en la época en que el árbol de mandarinas da frutos, y en el tiempo en que los perros nómada llegan a pastar, ya sé que no son vacas, pero son dos perros extraños, creo que son pareja, Ema les dice: Ilona y Río. Creo que ellos le entienden, Ema en otra vida debió ser loba, porque todos los perros se sienten a gusto con ella. Estos perros, aparecen a veces por la lomita, pasan un tiempo y luego se van, cuando regresan, vuelven con el tiempo incrustado en los ojos, el lomo y las patas, nos llevan leguas de experiencias sobre todo por los lugares en los que han estado, me imagino que vagan por las cordilleras y conocen otra gente que les da refugio y otra gente que se asusta cuando Río estornuda, hace un sonido feroz como de oso endiablado. Me gusta eso que dice Ema cuando los nombró, dice que Ilona es como aquel cuento de la mujer que llega con la lluvia y que Río son las lágrimas que Ilona vierte sobre él y que luego él convierte en corriente fluvial, también le dice así porque Río parece que sonriera, creo que los animales sonríen, de hecho son los únicos que lo hacen de verdad.

Desde este lugar se puede ver el mundo, distante, pequeñito, se puede respirar con ambos pulmones, las ramas se enredan en el pelo, se puede rodar por las lomitas, se puede dormir bajo el cielo estrellado, se puede escuchar al silencio rondar, a la brisa nadar y a los pájaros revelarse ante tus ojos, lo que más le gusta a Ema de este lugar, es que no sabe dónde queda, creo que en estos años que llevamos juntas ya lo sabe, porque sus pies ya memorizaron el camino y ya llega sola, Ema ama el mapa que puede visualizar en su mente y lo usa cuando le plazca, ya las reglas secretas son compartidas, solo que a Ema le gusta pensar que no lo sabe, ella dice que a pesar de que sabe cómo llegar, no sabría cómo dar indicaciones para llegar, porque diría que siempre viene volando, eso me hace gracia porque el pacto es mantenerlo alejado del mundo, en los límites, digamos que en dado caso de que se acabara el mundo, nuestra casita ya está en el límite del fin, y por esa razón, tal vez, nos salvemos.

Es una casita, en la cima de una lomita, para llegar hay que esforzarse, al entrar hay que tocar una tabla, cualquiera, del piso, del techo, de la pared o de la no pared, y saludar a todos los árboles que nos dejaron usar sus cortezas, la casita en un principio era de color madera, luego la pinté del color que me asentaba en ésa época: azul celeste. Cuando conocí a Ema, con ella llegó el sol, intuitivamente la pintamos toda color naranja y creo que este año cambiará a un verde sábila, por los nuevos cambios que llegan.

A la casa se debe entrar sin zapatos, para no entrar con las energías de la ciudad, hay un baúl que Ema puso para que la gente deje sus aparatos electrónicos, dice que la gracia de nuestra guarida es desconectarse de todo para conectarnos todos en un mismo lugar. La casa está llena de paneles solares, pocos enchufes y hay plantas en recipientes que antes servían para otras cosas, como pocillos desportillados. Ema se sorprendió de mi cuando descubrió que yo sabía cultivar y cuidar plantas, porque en el apartamento, sólo tengo un par que a veces las revive ella, yo le digo que este es otro mundo y que las plantas que se mueren allá es porque no quieren estar allá sino aquí. En la sala hay un llamador, una marimba que a veces me atrevo a tocar como si lo hubiese tocado toda la vida. Ema tiene un pequeño rincón, lleno de cojines donde se tira a hablar con sus oráculos, dice que es muy feliz cuando logra entender esas cartas.

V

Oler, Morder y Amar.

Cuando estoy en el fin del mundo descanso y siento que puedo verme de cerca. Ema tiene razón, mis días en la ciudad han sido un poco tormentosos, un poco caóticos, un poco extenuantes y un tanto desenfrenados. Casi siempre ella se da cuenta de esas cosas y yo sólo me fijo cuando mi cuerpo ya no responde o porque ella me lo hace saber.

Lo primero que hago, es quitarme los zapatos desde la orilla de la loma, tocar el pasto con los pies desnudos es un acto gratificante, los perros vienen corriendo a saludar, a veces envidio que esta pareja de perros anden viajando por el mundo, mientras yo sigo posponiendo nuestro viaje. Tal vez nuestro viaje, en el ahora sea en el fin del mundo.

¿Por qué son tan hermosos? —les digo mientras me tiran al pasto, juguetean entre ellos y me hacen participe de sus chistes internos como Río que le huele el rabo a Ilona y ella lo muerde, creo que en eso se resumen todas las relaciones, en olerse y morderse, a veces de afán y a veces con permanencias en la piel.

Ambos se van ladrando, los oigo hasta que los veo acostarse en la grama, me quedo allí, no quisiera moverme, arranco con cuidado un diente de león y lo soplo.

Sonrío.

VI

Ema, el cielo y la escalera.

Ema camina entre los pasillos de un mercado, me llama y luego recuerda que en el fin del mundo no hay tecnología, salvo que se trate de una carta, una señal de humo o unas pantuflas para subirse al techo de la casa, donde hay una terraza a la cual solo se puede subir trepando por una red de flores que cuelgan del costado oriental de la casa. La gente nos pregunta porque no hay una escalera dentro de la casa para subir, no respondo y me quedo pensando en lo hermoso que es hacer que las cosas sean inesperadas y no se piensen tanto. Ema les dice que “al cielo es difícil llegar…” y yo la interrumpo y le digo a la tercera persona:  “¿Por qué debería haber una escalera para subir?”

VII

Estar sin pensar.

Subir por la enredadera de flores que queda en el costado oriental de la casa, me parece divertido, es como subir al cielo por una puerta secreta o subir a una casa del árbol y recordar que aún somos niños que saben trepar.

La terraza está más cerca al cielo, a las estrellas. En la terraza tenemos una especie de estera, en un barril hay cojines y una de esas mantas como las de picnic, esa terraza me recuerda mucho la copa de las ceibas del Amazonas, en las que el crujir del viento las hacían balancear y uno se podía quedar dormido, mientras la brisa arrullaba. A veces pienso que viajar también depende de la imaginación que brota por las raíces de nuestra mente.

Me acuesto y me sumerjo entre el cielo y las páginas de un libro que llevaba aplazando, el pobre me esperaba todas las noches en la mesa de noche, con un par de anotaciones en la página 26, que abrí al azar y me dejé una auto nota para recordar algo después.

VIII

Ema, el postre y el vals.

Ema y algo le pasaba por la mente, casi desde la distancia podría leer lo que piensa, no es cierto, sin embargo, podría imaginar que ahora mismo está jugando con sus dedos, tocando las frutas al ritmo de cualquier música que se puedan imaginar en este momento. Voy a dejar la pereza, los dedos de Ema van al compás de un vals, salta de los aguacates a las manzanas, luego a las papayas, lleva un par de mangos y una canasta de fresas, espero que no se olvide del postre, repito en voz alta:— del postre, por favor que no se olvide del postre y del vino también.

IX

Perder el tiempo.

Releía ese párrafo, como si en algún momento del atardecer y del sueño que se acercaba, me hubiese quedado remando en esas palabras de Zadie Smith:

“Ese momento no llegará nunca, ¿no te das cuenta?

El momento en que hayas tenido a todas las chicas

 que se te antojen y decidas conformarte conmigo.”

Por un  momento pensé cuando estaba estancada en el pasado, luego veía esa terraza, ese respiro, ese pedazo de tierra, el fin del mundo donde puedo pasar el tiempo, sin pensar que el tiempo pasa, sin afanes, sin soledades concurridas, sobre todo en Ema.

Continuo leyendo a media voz, sin hacer esfuerzos en mi entonación:

 

“las personas no se conforman con las personas;

optan por estar con ellas. Para eso se necesita fe…”

Repetí, esa frase, como si necesitara reafirmar mi cabeza:

“Para eso se necesita fe…

 Para eso se necesita fe…

Para eso se necesita fe…”

Luego volví a mirar la página, la última frase decía:

“…trazas un círculo en la arena y

 decides permanecer dentro de él,

 con convicción. Eso se llama fe, imbécil”

Después de leer eso, me reí de mi misma y me sentí como una imbécil, a veces parece que los libros te hablaran directamente, sin tapujos. Cuando pensé en esas cosas en las que no debía pensar, me di cuenta que Ema tenía razón en decir que a veces perdemos el tiempo.

X

Soñar despierta.

Si en este momento estuviera despierta, estaría viendo como Ema llega al fin del mundo y corre por la lomita como una niña chiquita y los perros le corretean en círculos, su pelo rojizo, el cual tiene recogido se le desarma y ella no hace ningún esfuerzo por ordenarlo. Ulises llega ladrando y corriendo detrás con la lengua afuera, saluda a sus colegas perrunos, es increíble como se aceptan unos a otros, incluyendo a Leonela que Ema deja salir de su jaula, la gata se estira, mira a los perros, Ilona le hace una reverencia para acercarse y lamerla, a veces pienso que esto es poco probable, sin embargo, Leonela ha resultado ser muy especial para agradecer el hogar que le damos.

Si en ese momento estuviera despierta, los ladridos me habrían despertado y me  asomaría en el borde de la terraza para saludar, pero el sueño me agarró en medio de las páginas del libro, mi cuerpo estaba tan cansado, con ese dolor en el tórax que me dejé llevar por los sueños que me agarraron lento.

Si en ese momento estuviera despierta, habría escuchado a Ema cantar el verso de una canción que escuchó en un film que nunca olvida:

“¡Un rayito de sol… uh ooohh!

¡De mi corazón … uh ooooh!”

Si en ese momento estuviera despierta habría olido el olor a cocoa mezclado con el helado de vainilla con cobertura de chocolate al que mi hermana y yo somos adictas desde pequeñas. Ema se asoma con ese regalo mientras trepa la enredadera, Ulises le grita que se baje, que se va a caer, que tenga cuidado que él no sabe trepar esas cosas. Leonela la sigue y mira al perro desde arriba que sigue ladrando.

Si en ese momento estuviera despierta le habría sonreído a Ema por haber traído un pedacito de mi niñez al fin del mundo.

XI

Sueño de ti. Que venga la mañana.

Ema se queda un rato mirándome dormir, mientras come un poco de helado, Leonela intenta convencerla de compartir con ella ese manjar, pero Ema no cae en sus dulces maullidos. Aún estoy volando entre sueños, de un momento a otro me echo a reír, una energía recorre el fin del mundo. Ema se sonríe y se extraña al mismo tiempo, sigo dormida, mientras río a carcajadas, de esas risas que podrían encender de energía a ciudades enteras. En ese instante, yo misma entre dormida y despierta, me doy cuenta que estoy riendo, esa es una sensación muy agradable, porque aunque no recuerdas que soñabas, te queda la sensación primaria de haberte reído y de haber sido muy feliz, así que el resto del día te queda una sonrisa permanente en el rostro, y no solo es una sonrisa externa, sino que desde adentro todo brilla. Entre las pestañas y las imágenes del sueño, me doy cuenta que Ema me mira fijamente, está sentada junto a mi, como si estuviera viendo algo que nunca había visto antes.

Mientras me mira, le sonrío y ella me pregunta:— ¿qué soñabas?” —Entre sonidos del campo atardeciendo y mi voz ronca:— Sólo me acuerdo que me reía, aquí y allá. —Ema se mete debajo de la manta, del lado que ya calenté:— ¿De qué te reías allá? —me da besitos en la quijada y le respondo:— no me acuerdo, sólo tengo esa sensación bonita de ser feliz. —Ema insiste en saber:— Tú siempre te acuerdas de lo que sueñas. —Ema insiste, aunque en realidad no me acuerdo, me quedo pensando en lo que soñaba, pero como me desperté sin tiempo del silencio, las imágenes volaron y se quedaron allá. Le digo sin tomar aliento:— No siempre me acuerdo y no siempre los escribo y no siempre se dice siempre. —Le doy besos, creo que tiene esa sensación de que en los sueños soy más feliz, pero quién no es más feliz en los sueños donde todo  el mundo está patas arriba y así complejo, loco, raro, una conoce toda la simbología de su subconsciente, claro que soy feliz ahí, mucho más que cuando despierto, eso siempre ha sido así desde pequeña. Ema lo sabe y a veces le preocupa que duerma tanto, yo le cambio el tema:— ¿Hace rato llegaste? —Ema no me responde, se queda pensando en los “siempre-s que no existen”, acto seguido, se da cuenta que tengo la mano debajo mis calzones, sonríe y me pregunta:— ¿En qué piensas cuando te masturbas? —Cierro los ojos y mientras me toco le digo, que pienso en muchas cosas, sobre todo en mi y en cosas o personas que me exciten, le devuelvo la pregunta y ella me dice que piensa en mí, yo le digo que deben cruzarse más cosas por su mente, ella me dice que yo no pienso en ella y yo le digo que a veces pienso en ella, sino que con la mente una puede jugar a muchas cosas. A Ema le molestan esas cosas y se le olvida lo primordial, que estamos en el mismo lugar y que solo quiero estar con ella ahí, le susurro eso al oído y agrego:— Ya que estamos aquí…

XII

Gritar, amar y soñar despiertas.

Nos besamos, esa sensación de soñar riendo hace que se me olvide que estoy enferma, se me olvida que fui tonta en no decirle que si soñaba con ella y que antes de conocerla ya estaba soñando que llegara a mi vida. Le beso el cuello y deslizo su mano por mi abdomen, hasta que llega a mi vagina, estoy muy mojada, Ema mueve sus dedos como me gusta, la beso con la lengua erecta, ella me la chupa y yo le meto los dedos en su vagina, hasta que oigo que me gime en el oído, eso me excita más, ambas nos aceleramos, le digo que no pare, me muerde la quijada, hasta venirse encima, eso es lo más parecido al paraíso, estar dentro de ella, le digo eso y se moja más, mis gemidos se aceleran, hasta que ya no se sabe cual es el sonido que produce quién. Cuando Ema está excitada, los labios se le adelgazan justo cuando produce ese sonido de placer que tanto me gusta.

XIII

Ema en el fin de mi  mundo.

Ambas estamos desnudas en la terraza, los perros ladran y Leonela se estira con la llegada del sol. Me levanto despacio, le quito el mechón de pelo que le tapa los ojos a Ema, sin despertarla, con disimulo, levanto la manta y la veo desnuda, enterita, respirando para mi. Me siento en el borde de la terraza, entre las páginas del libro busco la página 26 y leo la auto nota, sonrío, la persona que era cuando escribí esa nota, tiene razón, así que de la parte de atrás del libro, escribo una nota para Ema, una nota para cuando despierte, la arranco y la despierto con besos escandalosos.

Ema se ríe y me besa, le doy la nota, mientras ella la lee, le grito al fin del mundo: —¡Hoy es un día extraordinario! —mientras grito levanto los brazos, aunque me dolía aún el brazo derecho y el tórax, Ema salta de la manta, me abraza y desnudas le aullamos al sol:— ¡Hoy es un día extraordinario!

Por

Juliana Ramírez Plazas (J)

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5 comentarios en “SEIS DE ALGO: Ema en el fin de mi mundo

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