SEIS DE ALGO: Ema y su punto de vista los domingos

 

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I

Ema hoy despertó pensando en voz alta, se sentó del otro lado de la computadora y me miraba mientras yo estaba inmersa en la pantalla, en el nudo del cuento, al salir de la última frase: “Estoy en medio de la ilusión de una pausa, me da miedo ir hasta el fondo, darle play a esto”. Me subí las gafas y me di cuenta que ella estaba del otro lado, como esperando.

Ella miraba un punto fijo, miré hacia ese punto fijo que era probable que no fuera el mismo que ella miraba. Respiró profundo y volvió su mirada hacia mí, así que no supe cuál era su punto fijo, le sonreí, de esas sonrisas de domingo en la mañana, no me sonrió de vuelta.  Cuando hace eso, presiento que le pasa algo, aunque ella dice que yo siempre presiento cosas que no pasan, que tengo dañado ese sistema del sexto sentido de los presentimientos, ella dice que eso tiene que ver porque aún no he sido madre, no sé si eso tenga que ver en realidad. Acto seguido me dice que si pasa algo pero que no tiene nada que ver con lo que yo presiento, eso lo dice sin saber qué es lo que se supone que yo presentía.

II

Sigue sin sonreír, solo me dice —la pared ya está vieja, ya está arrugada, ya no tiene color. —se pone de pie y alza la voz —Yo ya no tengo color, estoy pálida, ¿no te parece? —Se queda con la mirada fija y las las manos en la cintura y luego vuelve la mirada a su punto fijo que aún no logro descifrar. Ema balbucea algo para sí misma, mira al suelo y da dos pasos.

III

Nunca respondo a esas preguntas porque siempre parecen un monólogo que ella misma se termina respondiendo, además, ella es pálida de por sí. Entonces, si ella ahora se ve pálida es porque su pálido es diferente al que yo veo, la discusión se volvería interminable, además, tampoco lo menciono porque ella no sabe que yo la veo pálida de nacimiento.

IV

Una vez vi un par de fotos, por no decir que vi el álbum completo que su tía me mostró, cuando Ema era una bebé. En una de las fotos, estaba sentadita con su pañal como a medio poner, ella sonreía como si se hubiese orinado encima y le daba risa eso, y aunque el sol que entraba por la ventana le ruborizaba la piel, si noté que era pálida de nacimiento, de hecho su tía es pálida de nacimiento y de muerte también. Pero, esas cosas no se le dicen a la persona que amas, considerando que el concepto de palidez es tan agobiante para ella como para la tía.

V

Ema se mira a través de la pared como si pudiera ver su reflejo allí— Estoy pálida. —repite una y otra vez. Vuelve a quedarse mirando el punto fijo, me levanto y me acerco al que creo que es el punto fijo y lo miro de cerca, toco la pared, esa pared que tiene una cenefa de unas flores en mosaico, un poco coloridas y un poco empasteladas, yo no sé mucho de cenefas y menos de palideces, siempre me sonrojo y ando colorada. Le digo— No me parece que la pared esté pálida, la cambiamos hace poco amor. —Inmediatamente después de decir “amor”, presentí que la palabra también le había sonado pálida, ella de por sí, ya se había despertado de algún sueño pálido y por eso sus quejas ya tenían razones. Nos quedamos en silencio, me quedé mirando las flores que veía que se movían y se volvían más rojas, nada pálidas.

VI

Ema me interrumpe y me dice con calma, aunque las palabras parecían correrle de la boca— Voy a estar pálida también en Febrero y si en Marzo sigo así, tan pálida, tendré que cortarme el pelo, hoy o antes de la palidez de Marzo.

VII

Sigo inmersa en la pared, mientras sus palabras que ya no sonaban juguetonas entraban por mis oídos, pensé, sin decirle nada: Estamos en noviembre, me pregunto, ¿cómo sabe que va a estar triste en febrero? Siempre he querido saber cómo hace ella para predestinarse a estar en esos estados, yo tan sólo alcanzo a sentir que no sé nada de cómo me sentí ayer.

 

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VIII

Llega febrero y se anuncia con algunas reuniones recurrentes en casa, la de un perro manso que Ema encontró en Enero, le busca hogar, mientras yo le digo que me parece algo pálido y ella dice— El perro es manso, se parece a ti. —Guarda unas hojas en un sobre de manila y agrega— Se parece a ti por lo melenuda, no por lo mansa. —Eso me causa gracia, porque el perro si se parece a mi (aclaro que también soy mansa), preciso hoy, 20 de febrero me siento pálida, así que el perro manso se parece a mi también por eso. Ema al parecer hoy lee mis pensamientos o tal vez hablé en voz alta. Mientras trata de bajar a Leonela (nuestra gata perro) de una repisa alta, me dice— Eso debe ser falta de calle en el día…

IX

Leonela piensa que además de manso y melenudo, el perro también está pálido y ella piensa que no quiere bajar de la repisa porque no quiere volverse pálida como nosotros y le digo a Ema—  Hasta que el perro manso y yo dejemos de estar pálidos, Leonela no va a bajar. — A Ema le causa gracia que yo le sirva de traductora simultánea, y me dice que Leonela no dice esas cosas y que yo no sé entender todavía todo lo que dice, yo no discuto y sin embargo pasan las horas y Ema termina dándome la razón como si por fin Leonela se lo hubiese dicho a ella directamente. Creo que le molesta que yo entienda más a la gata/perro que ella misma rescató, pues yo sólo soy escritora.

X

Ema se sienta a mi lado en el sofá y me dice que es imposible que yo esté pálida porque sólo subiendo al perro manso… (se me olvidaba contarles que el perro manso llegó con la pata delantera pálida y herida) Ema continúa hablando— Cuando el perro llegó lo subiste cargado 6 pisos, sin ascensor, eso fue heroico, pero te pusiste colorada. —Me da un beso en la mejilla y se levanta e intenta de nuevo bajar a Leonela de la repisa.

XI

Yo no subí al perro manso seis pisos porque no hubiese ascensor, esa es la anécdota que Ema le cuenta a toda la gente para decirme lo mucho que me ama por cargar al perro manso mientras ella llegaba con la medicina. El ascensor no está dañado, si eso es lo que están pensando, simplemente, no me gustan los espacios pequeños y menos con espejos. Ema dice que no me gusta verme multiplicada, pero en realidad siempre imagino que el ascensor se detiene en seco entre el piso cuarto y el quinto, los espejos se rompen, se hacen mil trizas, me imagino que me hieren esos fragmentos donde me veo reflejada, luego pasan horas y horas y nadie abre el ascensor. Ema dice que exagero, que los espejos no se rompen tan fácil, porque están diseñados para ascensores viejos, que más bien yo de desesperada los rompería para salir de ahí. Le digo que yo no los rompería porque ni siquiera me subiría a un ascensor y menos si tiene espejos.

XII

Ella sonríe y se rinde entre comillas. Sólo se rinde de intentar bajar a Leonela de la repisa. Ema va hacia la cocina y el perro manso subyugado a su amor incondicional la persigue, su cabeza melenuda se mueve sin gracia por los saltos torpes que le produce la cojera. Mis ojos persiguen las caderas de Ema y Leonela persigue con la mirada el caminar torpe del perro manso. Pues si, es tan manso que cuando Ema lo entablilló no musito ladrido alguno, me dolió más a mi. Siempre que Ema salva algún animal, la veo muy feliz, nada pálida, ni siquiera se le nota la palidez de nacimiento. Hay como un brillo misterioso en esos actos, a mi me gusta verla así porque se le olvida que está pálida, creo que a Leonela también la pone feliz que Ema brille así, por eso ambas la observamos felices y en lo que a mi respecta, no entiendo porque ella insiste en que está pálida en Febrero.

XIII

Ema se acerca con una cocoa en la mano y me dice—  Amor, creo que voy a cortarme el pelo hoy mismo. —Ahora es a mi a quien le suena ese “amor” a algo pálido, yo no quiero que se corte el pelo, a mi me gusta largo, rojizo, crespo y al aire, brillando con el sol que entra por la ventana de la cocina. Ema se sienta en mi sillón y me dice que cortarse el pelo no son malas noticias, que yo debería hacer lo mismo, me paro enfrente de ella y le digo— No deberíamos mejor cambiar la cenefa de la pared, esa que crees que está pálida aunque esté florida. —Ella no me mira, le acaricia la cabeza al perro manso.

 

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XIV

Mientras miro el calendario, Ema da vueltas en mi sillón con Leonela en las piernas. Ema me dice que el perro manso está feliz con su nueva familia y que le cortaron el pelo, me muestra una foto y le digo— El perro manso está feliz por su familia adoptiva, pero créeme que se le nota que no le gusta estar sin pelo en las orejas, yo tampoco estaría feliz. ¿Qué obsesión tiene la gente con hacerse cosas en el pelo? —Ema me dice que gente que asume los cambios así, cambiando externamente. A Ema menos mal le crece rápido el pelo porque usa mil cremas, con el pelo corto debo confesar que sí se veía pálida de verdad, aunque ella decía que se veía radiante, que era otra, como si tuviera otra piel.

XV

Ema sabe que cuando me dijo en febrero que yo también debería cortarme el pelo, ¡mi melena! había herido susceptibilidades, por eso se levanta de mi sillón, dejando correr a Leonela y me susurra al oído— Menos mal no te cortaste tu melena, porque me gusta como cae sobre tus senos. —La beso y en medio del beso le digo— No me hizo gracia. —Me besa.— Yo sabía que no me ibas a hacer caso, no eres nada mansa.

XVI

Ema entra a la cocina, me siento en el sillón y doy vueltas, Ema desde la cocina me dice— Amor, esa no es la pared pálida que te decía. —Detengo los giros de la silla, Leonela, me camina entre las piernas, me pongo de pie y voy hasta la pared de cenefa florida, pienso—  Es que esto no tiene nada de pálido, ni siquiera en el concepto de palidez que tiene Ema de lo que es pálido. —Estoy a punto de quedarme con la incertidumbre de dos meses, decidí no preguntarle. Aunque claramente se refería a su estado de ánimo, pero algo me hacía falta. Vuelvo a mi escritorio y me hago del otro lado, en la silla de Ema, veo hacia la pared de cenefa florida, Leonela camina hacia la habitación del fondo. Desde esa perspectiva, se ve otro punto fijo, en la habitación contigua hay una pared arrugada, como dice Ema: “sin color, pálida y vieja”. Es una pared que olvidamos pintar en Julio porque en esa época estuvimos lejos una de la otra. Luego regresamos y lo pospusimos. A Ema la empalidecen las cosas pendientes, pensé.

XVII

Me acerco a Ema en la cocina y la abrazo por la espalda, le susurro al oído— Amor, tienes razón la pared del fondo está pálida, vieja y arrugada. —Ella se gira, me sonríe por fin y yo le sonrío de vuelta.

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Por:

Juliana Ramírez Plazas

A veces Jules Anyways

 

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